Te despiertas, te duchas y te lavas los dientes. La casa
esta dramáticamente en silencio, pero loca de una ilusión propia del mayor
acontecimiento de vuestra maravillosa familia: tenéis un nuevo hijo. Medio
dormido te acabas de arreglar, cierras la casa y vas hacia el coche. En el
viaje hacia el hospital reina un profundo silencio que sólo es interrumpido por
el ronquido perezoso del coche. Al ver el hospital, a lo lejos, te invade una
curiosa sensación de felicidad: te sientes en casa. Aparcas y vas caminando hacia el hospital, posiblemente
sumido en un mar de pensamientos que cesan cuando entras en la habitación donde
tu mujer descansa. Al verla te emocionas. “-Buenos días mi vida”. “-Hola
–consigue decirte mientras lucha por abrir los ojos. -¿Qué tal está Nico?” La
besas con cierto miedo ya que parece tan frágil que no la quieres romper. “-Es
tan bonito… Consigues decir. “–Eso sí,
pequeñito, rosita y guapo, muy guapo.” Mientras se lo explicas ves que sus ojos
brillan de un orgullo que sólo las madres pueden sentir. Le explicas que está
perfecto, es pequeñito y que dormía plácidamente cuando le fuiste a ver de
madrugada. Y cuando crees haber terminado, sientes que todo lo que explicas es
aire porque lo que realmente quiere saber tu mujer es cuándo podrá conocerle.
Llora. Lloras. Es como si parte de su alma supieras que se la han extirpado y
sientes que no puedes hacer nada porque no está a tu alcance, así que sonríes
cariñosamente y le acaricias el pelo, la frente, las mejillas. Le coges la mano
y la besas con delicadeza. “-Pronto le verás –dices para tus adentros- porque
conocerle ya le conoces.”
Vuelves a ver a tu hijo, esta vez sabiendo cómo te lo vas a
encontrar. Te lavas las manos, te pones la mascarilla y la bata. Las enfermeras
te sonríen tratando de transmitirte la mayor confianza del mundo mientras,
lentamente, casi sin querer hacer ruido, llegas a la incubadora. “-¿Puedo abrir
la cortinita?” preguntas. “-Claro” te dice la enfermera amablemente. Y como si
de un secreto se tratara, asomas la cabeza mientras con las dos manos abres la
cortina lo justo para poder verle. Duerme. Realmente lo que viste de madrugada
es lo que ves hoy. Qué guapo es…
Las horas pasan entre la unidad de neonatología y la de
reanimación. No existe nada más que estas dos salas, y los pasillos son el
centro neurálgico de llamadas, puestas al día con médicos, cafés de 35 céntimos
que saben a gloria y minutos donde la cabeza no deja de dar vueltas.
¿Y qué haces ahí? Ah, sí, luchar por tu familia, por lo que
son tu vida. “-Ya somos cuatro” te dices mientras sales de neonatología y
entras en reanimación. “-Ya somos cuatro”.