martes, 21 de septiembre de 2010

el nuevo reto

El funeral fue breve y emotivo aunque no comprendía la alegría espiritual que el cura, don Feliciano, decía tener. A él le faltaba una pieza fundamental de su aprendizaje, su educación y su existencia. Su maestro había fallecido dejando huérfano al conocimiento.

A la mañana siguiente despertó como de costumbre y desayunó como de costumbre, pero no telefoneó al anciano como de costumbre para cerciorarse que su noche había sido apacible. Durante esos minutos de recuerdo, permaneció frente al teléfono, gastando el tiempo, tratando de cumplir su amada rutina aunque ésta hubiera sufrido un tremendo batacazo.
De pronto sonó el teléfono y recogió su recuerdo para atender a la realidad.
- ¿Sí?
- Buenos días –empezó diciendo una voz dulce- ¿Te apetece almorzar juntos?
- ¿Con quien tengo el gusto de hablar? –preguntó sorprendido el muchacho.
- Con la nieta del abuelo.
El muchacho se quedó de piedra. Trató de decir algo lógico pero no consiguió nada más que tartamudear como un tonto. Tras unos momentos de vacío, la chica prosiguió.
- Hoy he recibido una carta suya, ¿sabes? Me decía tantas cosas que algunas me resultan difíciles de comprender.
- ¿Y cómo es que me llamas a mí? – consiguió preguntar aún incrédulo.
- Porque al final de la carta dijo que las respuestas a mis preguntas las encontraría en ti.
- ¿El abuelo te dijo esto?-preguntó.
- Sí. ¿Te sorprende?
- Del abuelo siempre me ha sorprendido todo. –Murmuró- ¿Te parece bien quedar a la una y media? –dijo sorprendiéndose.
- ¿En el Café de Roma?
- Esto está… Plaza de la Constitución, ¿Verdad? Ahí nos vemos entonces.
- Vale, adiós.
La comunicación se cortó cuando él iba a contestar.
La voz de esa chica le había cautivado y le había hecho reavivar la idea de conocer, por fin, a la Pequeña. Así es como el abuelo la llamaba.
Pasó la mañana recordando la conversación y las palabras de la Pequeña: “...las respuestas a mis preguntas las encontraría en ti”. ¿A qué se referiría? ¿Qué preguntas? ¿Qué problemas?

el maestro

- ¿Estuviste atento?
- Lo estuve. – respondió.
- ¿Y qué escuchaste? – preguntó de nuevo el hombre del sombrero gris.
- Que tienes los días contados.

La cara bronceada del hombre palideció en un momento. La barbilla le temblaba mientras se miraba las manos tratando de hallar una respuesta. Sus ojos castaños se humedecieron en un segundo y una lágrima surcó la piel gastada. Evitó pestañear para no provocar más lágrimas mientras en su mente se hacían eco las palabras del chico: “Tienes los días contados”.
Tras unos instantes de incomprensión, reaccionó. Apretó los labios con fuerza y se enjuagó las lágrimas con la manga de su chaqueta. La mano del chico apoyada en su hombro provocó que forzara una tenue sonrisa. Sus arrugas abrazaron su cara de nuevo.

- ¿Te encuentras bien? –preguntó tímidamente.
- No, pero me repondré. No te preocupes.
- ¿Quieres que haga algo por ti? –volvió a preguntar.
El hombre del sombrero se acomodó en su sofá, y antes de cerrar los ojos miró al muchacho, le acercó un lápiz y le dijo:
- Sí. Escribe mi historia.

jueves, 1 de julio de 2010

este es el momento

El momento. Es el resultado que te cuento de un periodo de buen tiempo;
Es la mezcla del silencio con palabras que hacen eco en la verdad.
Es la brisa de un te quiero que enloquece al más sincero por querer.
Es coraje viajero.
Sentimiento. Significa terciopelo que ennoblece la amistad;
Es ventana de lo bello que otorga al buen momento del valer.
Es sutil significado que evita soledades al azar.
Es pincel que surca matices de vida por colorear.
Si el momento, esperando al sentimiento no sabe colar el tiempo y esperar;
Si supera la frontera del engaño y se pasa del peldaño al contemplar;
Si sucumbe ante tormentas y derrama toda el agua de la mar…
Es momento triste que merece que le ignoren; ni le miren.
Es momento turbio que oculta el az de luz que te derrite.
Es momento innombrable.
Sin embargo, si sabe anteponer su vida a los demás,
Si sabe comprender el arte y contemplar,
Si sabe acariciar palabras y esperar…
Es momento dulce que ennoblece y enloquece al más sensato.
Es momento alegre: determina y no entristece.
Es momento del querer. Es momento del hablar.
Es momento y sentimiento del valer estar en paz.

Cuando el beso, que conquista el lado eterno siendo el alma de este cuento,
Se afianza en un deseo de amores sin tormento ni vaivén;
Cuando suple toda el ansia y el anhelo por querer sentir el velo
Mientras surca con tus labios las palabras del amor siendo cortés.
Cuando encuentra en un sombrero la sortija lo bello
Y contempla la mirada del sincero enamorado a tus pies…
Tiembla al tacto con el alma que cultiva un aire puro, ¿no lo ves?
Y se empapa con dos gotas de una lágrima que dejaste caer.
Y sonríe por sentirlo y por verlo tan sencillo; es la miel,
Que te envuelve de dulzura y contemplas la hermosura de su piel.

Y advirtiendo, que llegado a ese momento
Y recordando al sentimiento y su pincel,
Voy robando el sueño ajeno y lo pongo frente al mío, muerto ayer.
Y lo admiro, y lo estudio. Lo recito.
Lo contemplo día y noche sin cuartel.
Y le hablo, le maldigo y lo dibujo.
Es el sueño de un extraño, como ves.

Es escrito de pasiones que releo entre canciones en francés.
Es el miedo de amores y de cierto compromiso, a la vez.
Es el aire que respiro el que me envuelve entre suspiros ¿Timidez?
Pero escucha lo que digo: Aunque veas que me rindo nunca creas lo que ves.
Pues escribo lo vivido mas no lo que viviré.

jueves, 29 de abril de 2010

-2- no tiene título

2-

Daniela miró a su padre sin comprender por qué llevaba todo el día llorando. Sentía un profundo dolor en el pecho, pero le era imposible comprender por qué le dolía. Tan solo tenía seis años. En cuanto supiera dónde estaba su madre iría a preguntárselo -porque siempre tenía respuestas para todo-, aunque llevaba tres días sin verla. Le sorprendió la cantidad de gente que inundaba la Iglesia.
-Papá, ¿por qué tenemos que ir a la Iglesia si hoy no es domingo?
-Daniela, hija. Es por Mamá. ¿Recuerdas?
-Ah, vale. Pues espero que vuelva pronto de estar con los angelitos, porque tengo que preguntarle una cosa…
Álvaro miró a esos ojos castaños, humedecidos por la impotencia y por no poder comprender lo que estaba sucediendo. Sentía como su niña, su princesa, con la mano en el pecho, le miraba esperando encontrar alguna respuesta. Aun con grandes esfuerzos y una sonrisa postiza pudo decirle: -Y yo también, mi niña, y yo también…
Todos se pusieron en pie cuando el sacerdote entró en la Iglesia para iniciar el oficio. Daniela se fijó en una señora, ya anciana, que contemplaba el féretro. Estaba en el banco de al lado. Junto a ella, una joven le cogía del brazo. Veía que, con los ojos fielmente cerrados, la anciana rezaba continuamente. Su cara reflejaba el más puro sufrimiento. Vio como su barbilla empezaba a vibrar incontrolablemente seguida de una tierna lágrima que enjuagó rápidamente. Esa escena conmovió a Daniela que, tras haber soltado la mano de su padre, se dirigió a ella. La señora Virginia abrió los ojos y se la encontró delante. No se sorprendió por la belleza de Daniela ya que era el fiel reflejo de su madre.
- Eres preciosa, lo sabes, ¿verdad?
- ¿por qué lloras? –dijo Daniela haciendo caso omiso a su cumplido.
- Porque tu madre está en el Cielo, y la voy a echar de menos.
- Papá me ha dicho que está con los angelitos. – dijo acercándose a su oído como si fuera su gran secreto.
La señora Virginia miró a Álvaro. Éste entonó una leve aunque llorosa sonrisa mientras la señora Virginia le susurró: - Es un ángel.

El funeral de Lucía fue multitudinario. Álvaro se sorprendió de que conociese a tanta gente.
En una ocasión, al llegar a casa tras el trabajo, Lucía vio que Álvaro se sentaba derrumbado en el sofá.
- ¿qué te ocurre, motero? – preguntó Lucía.
Álvaro se incorporó y la besó.
- ¿Recuerdas a Fernando? – le dijo abatido.
- Sí, claro. Tu compañero de clase cuando ibas a la facultad. ¿Qué le ha ocurrido?
- Ayer, cuando volvía a casa del trabajo, tuvo un accidente de coche y falleció.
Lucía, al oír las palabras de su marido, apretó los labios y le abrazó.
En el funeral, aun siendo Fernando un hombre de negocios, fueron apenas treinta personas. Entre ellas, Lucía y Álvaro.

Tras darle sepultura, Álvaro rezó para que nunca la olvidara. Depositó una margarita junto al nombre de su mujer y miró a Daniela.
- ¿te parece bien que vengamos a ver a mamá todos los domingo?
Daniela miró a su padre, y agarrándole de la mano le dijo: -Papá, creo que prefiero ver una foto de mamá que un montón de tierra…
Álvaro sonrió de verdad por primera vez desde que Lucía falleció.

(Lucía es Sui, y Álvaro es David. He cambiado los nombres)

martes, 12 de enero de 2010

qué dolor de cabeza...

Resulta curioso cómo es posible que en los momentos más confiados pueda uno comerse el suelo si tener tiempo para reaccionar. En esta ocasión fue la nieve, pero creo que debido al tortazo, llegó a besar el suelo a través del cráter que hizo con la cabeza. La historia ocurrió así:
Llevaba cerca de dos años sin hacer snow. No paraba de repetirlo. Le hacía sentirse envuelto en la nube de la extrema excusa para que sus errores quedaran suplantados por esa falta de experiencia. Los ánimos y consejos de sus tres amigos no hacían que nuestro protagonista –cuyo nombre no voy a mencionar- fuera cogiendo confianza y se aferrara a su valentía para sortear las dificultades que la montaña le presentaba. Esquiaba inundado en el temor a comer demasiada nieve y a ralentizar la marcha de sus tres fieles amigos que, pacientemente, le esperaban a pie de pista.
Durante el transcurso del primer cuarto de la mañana, vio como sus pies reaccionaban y como era capaz de tumbar su torso para zigzaguear pista abajo cada vez a mayor velocidad. De vez en cuando –y lo tenía bastante asumido- sabía que debía comer nieve y pasar el mal trago de ver como alguien, enarbolando una tenue sonrisa, le preguntara si estaba bien. La vergüenza fue creciendo cuando en las dos últimas expediciones por la nieve a boca abierta, fue un chaval de no más de 13 años y una chica de unos 20 quienes se pararon frente a nuestro protagonista para preguntar cuál era su estado. En las dos ocasiones se encontraron con la misma respuesta: “-Estoy bien, gracias. Así aprovecho y descanso”.
Durante el transcurso del segundo cuarto de la mañana notó como su confianza menguaba y su torpeza se acrecentaba a pasos agigantados. Los zigzagueos –con sus inevitables visitas a la gélida nieve incluidas- fueron disminuyendo dado que su porcentaje de “descansos” iba subiendo como la espuma. Notaba como su pelo, antes lacio, se había compactado tras tanto hielo y formaba ahora un bonito peinado de estalactitas capilares. Eran rastas de invierno. Con sus manos, dolidas por tanto esfuerzo, a duras penas conseguían hacer un chasquido con los dedos, y sus piernas, rotas de cansancio, reaccionaban lenta y patosamente a las voluntades y órdenes que sus neuronas mareadas ordenaban. Era, y se sentía, la vergüenza de La Masella.
Paró por un momento y decidió dedicarse un tiempo a él mismo. Se quitó los guantes, rompió como pudo el hielo de su cabeza y, cara al sol, encendió un cigarro. Lo fumó pausadamente, saboreando cada calada mientras admiraba el estilo y eficacia del resto de los esquiadores. “-Tengo que confiar en mi mismo. Se que puedo hacerlo” se decía. Después de fumarse el cigarro, su ego subió hasta límites insospechados. Se creía capaz de todo. Se iba a comer el mundo y no la nieve. Iba a ser capaz de seguir y no retrasar a sus amigos que estoicamente habían estado aguantando toda la mañana. Iba a hacerlo bien. Se enfundó los guantes y se puso el gorro de nuevo. Se incorporó y se abrochó el abrigo mientras desafiaba con la mirada la pista que tenía a sus pies. “-No podrás conmigo, pequeña” susurró. Encaró la primera cuesta y notó como poco a poco iba subiendo la velocidad. “-Torso a la izquierda, torso derecha… y flexiono” se repetía. En seguida notó como su cuerpo reaccionaba y había cogido confianza. Por increíble que parezca, fue capaz de bajar la pista entera sin caerse. Estaba orgulloso, y aun más, cuando en la falda de la pista, la que tiene inclinación 0.2%, se acomodaba flexionando las piernas mientras, sonriente, se desabrochaba un guante para sacar el forfait. En ese momento de éxito en el que algunas chicas del telesilla le miraban y veían a un hombre confiado y orgulloso de sí mismo, hizo el cambio de izquierda a derecha para enfilarse en dirección al telesilla. De repente, y sin comprenderlo aún, se vio con la boca llena de nieve y la cara hundida en ella. El viaje fue tan sumamente rápido que no le dio tiempo a que sus manos se separaran para apoyarse en la nieve e intentar amortiguar el golpe. Se quedó dos eternos segundos en el suelo boca abajo hasta que reaccionó y se acordó del telesilla y la gran cola de gente –chicas curiosas incluidas-. Inmediatamente después se había sentado, aun con un profundo mareo, y había saludado con una extrema sonrisa en su cara a sus amigos que, con lágrimas en los ojos, se reían avergonzados por la bochornosa actuación de su amigo.
Se puso en pie con la tabla en la mano y se prometió no volver nunca más a hacer snow. Al llegar al telesilla –tras haber caminado diez metros por la nieve- le cambiaron el forfait roto por uno nuevo, aunque él repetía una y otra vez que se iba al bar a descansar y a esperar a sus amigos. “-De verdad, no os preocupéis por mi. Os espero en el bar, calentito y a gusto”.
La historia, para abreviarla, terminó con nuestro protagonista en la cima de la montaña, insultando a árboles y esquiadores que pasaban por delante; y bajando como buenamente pudo la montaña entera. Supuestamente esto se lo obligaron a hacer para que perdiera el miedo para la próxima vez, pero ya era demasiado tarde. A partir de ese momento supo que la próxima vez, se dedicaría a ir en trineo.

viernes, 6 de noviembre de 2009

-1- no tiene título

Sui se sentía bien. Rodeaba con sus brazos la cintura de David mientras reposaba su mejilla en su espalda. Respiraba una sutil pincelada de libertad y comprendía y atendía a cada una de las sensaciones que percibía mientras iban recorriendo la ruta. Olores de encinas y robles, humedales y viñas, pinos y mar. Se sorprendía y se admiraba cada vez más. Eran cerca de las 13.45.
Llegaron a un mirador natural, se bajó de la moto y mientras se quitaba el casco, se vio envuelta en un marco que jamás habría imaginado: De pie en la falda de la montaña donde la carretera se abría ante el horizonte. Hacia el oeste se veían los frondosos bosques de pinos mientras que al este una majestuosa pared de roca se alzaba frente al mar que verdoso, intacto y limpio se extendía hacia el horizonte. A lo lejos se podían ver las gaviotas surcando el cielo. No se escuchaba nada más que el silencio. Se vio envuelta en ese mundo y no quería marchar. Sabía que nadie se lo llevaría, pero su miedo a no volver a verlo le impedía moverse de ahí. Notó como le cogían de la mano, se fijó en él, que le sonreía. “Vamos, te enseñaré el resto”. Aun con esa sensación de abandono se puso el casco y los guantes. Volvió a escuchar el v-twin rugir de nuevo pero parecía que esta vez lo hiciera con una voluntad de respeto ante ese lugar. Fueron bajando por la falda de la montaña y en cada curva que se abría ante el mar sentía como frenaba la moto para poderlo observar una vez más.
Era un pueblo pequeño con casas abiertas al mar y con grandes ventanales y terrazas cubiertas con techos de jazmín. Las calles adoquinadas y estrechas se abrían paso entre las casas que canalizaban la brisa y te hacían sentir su caricia. Un pequeño puerto pesquero ahora vacío, cubría parte de la costa. Era un pueblo tranquilo. Evocaba paz y tranquilidad. Llegaron a una plaza y aparcaron. Mientras se quitaban la chaqueta, los guantes y el casco se miraron. “¿Sabías que cogeríamos la moto, verdad?” Entonó ella con una sonrisa. Él no dijo nada. Únicamente se resignó a sonreír.
Bajaron por un callejón y entraron en una casa. La puerta era pequeña, de madera, machacada por el tiempo. Bajaron unas escaleras y accedieron a una sala en la que la única luz era la que entraba a ella a través de los ventanales. “Ven, siéntate aquí.” La besó y desapareció tras una puerta.
Era una sala pequeña en la que únicamente había una mesa con dos sillas y una vela encendida. Tras los ventanales se podía ver el pequeño puerto, la playa y la falda de la montaña con sus bosques de pinos. Junto a la escalera había un piano y una mesita con un ramo de flores. Margaritas. Los muebles color caoba contrastaban con las paredes blancas. Era una visión de ensueño.
“Sui, te presento a la señora Virginia.” Sui se dio la vuelta y se incorporó. Vio a una bella aunque anciana mujer que la sonreía. “Encantada señora Virginia. Tiene usted una casa realmente preciosa.” Dijo mientras le estrechaba benevolentemente la mano. “Gracias hija. Me alegra que te guste. Llevo en esta santa casa cuarenta y siete años. Me ha dicho David que hoy es vuestro aniversario y que venís de bien lejos, debes estar cansada y hambrienta.” Sonrieron los tres mientras la señora Virginia se apoyó en su brazo mientras le dirigía por un pequeño pasillo a otra sala. “Venga, aquí estarás mejor y más cómoda.” Sui no se dio cuenta de dónde estaban porque tenía la vista puesta en el suelo teniendo cura para que la señora Virginia no se tropezara. Al alzar la vista no se lo creía. Estaban en una pequeña terraza cubierta en parte por un techo de jazmín que se extendía hacia el otro extremo de la casa. Era pequeña pero entrañable. Estaba adornada con geranios en la baranda y pequeñas macetas de romero descansaban sobre la cornisa de una pequeña ventana. Las vistas eran parecidas a las del pequeño salón interior, pero lo que realmente puntualizaba este lugar eran los aromas. Mezclas de mar y montaña. Se giró hacia David y vio que únicamente sonreía. De pronto apareció una niña con un ramo de margaritas en la mano. En ella había una tarjeta que Sui cogió mientras agradecía a la pequeña el regalo. Abrió el sobre y notó cómo una pequeña lágrima surcaba su mejilla. Miró a David y le abrazó. De pronto se quedaron solos. La anciana ya no estaba, se había ido con la niña dejándoles a ellos que saborearan la miel del momento.
- Gracias. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.
- Gracias a ti, Sui. Eres mi equipo. Me aguantas y me animas cuando no creo ni yo en mi mismo. Sin embargo tú siempre has confiado en mí. Es lo mínimo que puedo hacer. Siempre estaré en deuda.
- No digas tonterías. Hoy has cumplido y suplido todas las deudas que creías tener. Ahora creo que me toca a mí…
Se acercó y le besó suavemente la mejilla mientras le susurraba “Estoy embarazada. Felicidades papá”.

martes, 3 de noviembre de 2009

Un domingo cualquiera

Te suena el despertador. Son las 8 de la mañana. Miras con dulzura la cara de esa chica que hace unos años conquistó tu corazón. La acaricias y la besas. Te incorporas aun con pereza y sin quererlo te fijas en algo que te hace sonreír: las llaves de tu Harley-Davidson. Entras en el baño y ves las botas, la chaqueta y los guantes. Recuerdas lo que viviste ayer. Te duchas y te cambias. Desayunas y coges las llaves del coche para ir a comprar algo especial: Hoy hace 3 años que te casaste con ella. Abres la puerta de casa y te fijas que hace un día radiante y claro. Son las 9.15 de la mañana. El aire es fresco y recuerdas que las previsiones recomendaban para este día paseos y terrazas. Te quedas pensativo, dudoso… “Hoy es domingo, no puedo cogerla, pero es que hace un día tremendo… Pero no, porque la despertaré. Y quiero hacerlo con su zumo y fruta fresca, no con la moto.” Mientras piensas en voz alta te enfundas los guantes y coges la chaqueta. Vas al garaje, pulsas el cebador y esperas a estar ya lejos para darle el cuarto de vuelta, encender y engranar la primera marcha.
El día es aun más claro. Panhead y tú de paseo por las calles desiertas de un domingo otoñal. Vas al mercado y compras fruta fresca, leche y dos solomillos que sueñas en cocinarlos en su jugo con sal gorda para comer.
Son las 9.35 de la mañana y no le queda poco para despertarse –si no lo ha hecho ya con el sonido de la moto-. Te colocas las bolsas en el regazo y circulas hacia casa agradeciendo el sol de cara. Antes de llegar a casa apagas el motor. Entras por inercia al garaje. Ha sido un contacto matinal bastante recomendable, como tomarse una buena copa de vino y quedarse con el sabor en la boca hasta la hora de comer. Degustándolo.
Entras en la cocina y te quitas la chaqueta, los guantes y el casco mientras piensas en el desayuno que le vas a preparar. Exprimes naranjas y melón. Haces tostadas con mantequilla, unas cuantas fresas frescas y un vaso de leche. Una flor adorna la típica bandeja repleta de delicias matinales que esperas devorar con la mirada. Entras en la habitación y la encuentras ahí, dulce y delicada, profundamente dormida. Dejas suavemente la bandeja a los pies de la cama y abres la ventana para que la brisa te ayude a despertarla con sus caricias. Te inclinas hacia ella y la admiras. Te has casado con un ángel.
Despejas la mesita y colocas la bandeja. Tu torpeza te delata y ella entreabre los ojos. Te mira mientras sonríe sutilmente. Te coge la mano y la besa. “Te quiero, buenos días” dice con voz apagada. “Buenos días bonita.” Te atreves a decir. Después de más de tres años juntos, te siguen temblando las rodillas cuando te mira con esos ojos castaños mientras te susurra dulzuras. Inmediatamente se percata de tu sorpresa y se incorpora de un salto. Tú le sonríes. “Lo que hace el hambre…” susurras. “Gracias cariño, el mejor desayuno del mundo.”
Son las 11.20 de la mañana y después de haberte duchado de nuevo –con ella-, te sorprende verla bajar al salón con las botas puestas, las Ray-Ban, su chaqueta al hombro y una sonrisa endiabladamente seductora. “¿Dónde vas?” Preguntas. Ella no dice nada. Mientras baja te fijas en su modelito, ceñido vaquero y blusa al aire con chaleco. Sus botas recién engrasadas brillan de resplandor mate. Su melena ondea mientras camina hacia ti sin cambiar esa sonrisa. Te coge de la mano y te lleva a tu panhead mientras te susurra: “Vamos fiera. Demuéstrame lo equivocada que estoy con tu harley.” Sonríes mientras pulsas el cebador, la miras y arrancas. El V-Twin hace estremecer la piel de porcelana de la que te mira, ahora sorprendida por lo hipnotizadora que resulta cuando la sientes cerca. Te enfundas la chaqueta y los guantes. Engranas y poco a poco tu mundo se mueve de nuevo, pero esta vez es algo especial; Sientes cómo se agarra a tu cintura y te besa en la mejilla. “Vamos cariño, la carretera es tuya –susurra-. Feliz aniversario.”
La besas y empieza tu aventura.