Resulta curioso cómo es posible que en los momentos más confiados pueda uno comerse el suelo si tener tiempo para reaccionar. En esta ocasión fue la nieve, pero creo que debido al tortazo, llegó a besar el suelo a través del cráter que hizo con la cabeza. La historia ocurrió así:
Llevaba cerca de dos años sin hacer snow. No paraba de repetirlo. Le hacía sentirse envuelto en la nube de la extrema excusa para que sus errores quedaran suplantados por esa falta de experiencia. Los ánimos y consejos de sus tres amigos no hacían que nuestro protagonista –cuyo nombre no voy a mencionar- fuera cogiendo confianza y se aferrara a su valentía para sortear las dificultades que la montaña le presentaba. Esquiaba inundado en el temor a comer demasiada nieve y a ralentizar la marcha de sus tres fieles amigos que, pacientemente, le esperaban a pie de pista.
Durante el transcurso del primer cuarto de la mañana, vio como sus pies reaccionaban y como era capaz de tumbar su torso para zigzaguear pista abajo cada vez a mayor velocidad. De vez en cuando –y lo tenía bastante asumido- sabía que debía comer nieve y pasar el mal trago de ver como alguien, enarbolando una tenue sonrisa, le preguntara si estaba bien. La vergüenza fue creciendo cuando en las dos últimas expediciones por la nieve a boca abierta, fue un chaval de no más de 13 años y una chica de unos 20 quienes se pararon frente a nuestro protagonista para preguntar cuál era su estado. En las dos ocasiones se encontraron con la misma respuesta: “-Estoy bien, gracias. Así aprovecho y descanso”.
Durante el transcurso del segundo cuarto de la mañana notó como su confianza menguaba y su torpeza se acrecentaba a pasos agigantados. Los zigzagueos –con sus inevitables visitas a la gélida nieve incluidas- fueron disminuyendo dado que su porcentaje de “descansos” iba subiendo como la espuma. Notaba como su pelo, antes lacio, se había compactado tras tanto hielo y formaba ahora un bonito peinado de estalactitas capilares. Eran rastas de invierno. Con sus manos, dolidas por tanto esfuerzo, a duras penas conseguían hacer un chasquido con los dedos, y sus piernas, rotas de cansancio, reaccionaban lenta y patosamente a las voluntades y órdenes que sus neuronas mareadas ordenaban. Era, y se sentía, la vergüenza de La Masella.
Paró por un momento y decidió dedicarse un tiempo a él mismo. Se quitó los guantes, rompió como pudo el hielo de su cabeza y, cara al sol, encendió un cigarro. Lo fumó pausadamente, saboreando cada calada mientras admiraba el estilo y eficacia del resto de los esquiadores. “-Tengo que confiar en mi mismo. Se que puedo hacerlo” se decía. Después de fumarse el cigarro, su ego subió hasta límites insospechados. Se creía capaz de todo. Se iba a comer el mundo y no la nieve. Iba a ser capaz de seguir y no retrasar a sus amigos que estoicamente habían estado aguantando toda la mañana. Iba a hacerlo bien. Se enfundó los guantes y se puso el gorro de nuevo. Se incorporó y se abrochó el abrigo mientras desafiaba con la mirada la pista que tenía a sus pies. “-No podrás conmigo, pequeña” susurró. Encaró la primera cuesta y notó como poco a poco iba subiendo la velocidad. “-Torso a la izquierda, torso derecha… y flexiono” se repetía. En seguida notó como su cuerpo reaccionaba y había cogido confianza. Por increíble que parezca, fue capaz de bajar la pista entera sin caerse. Estaba orgulloso, y aun más, cuando en la falda de la pista, la que tiene inclinación 0.2%, se acomodaba flexionando las piernas mientras, sonriente, se desabrochaba un guante para sacar el forfait. En ese momento de éxito en el que algunas chicas del telesilla le miraban y veían a un hombre confiado y orgulloso de sí mismo, hizo el cambio de izquierda a derecha para enfilarse en dirección al telesilla. De repente, y sin comprenderlo aún, se vio con la boca llena de nieve y la cara hundida en ella. El viaje fue tan sumamente rápido que no le dio tiempo a que sus manos se separaran para apoyarse en la nieve e intentar amortiguar el golpe. Se quedó dos eternos segundos en el suelo boca abajo hasta que reaccionó y se acordó del telesilla y la gran cola de gente –chicas curiosas incluidas-. Inmediatamente después se había sentado, aun con un profundo mareo, y había saludado con una extrema sonrisa en su cara a sus amigos que, con lágrimas en los ojos, se reían avergonzados por la bochornosa actuación de su amigo.
Se puso en pie con la tabla en la mano y se prometió no volver nunca más a hacer snow. Al llegar al telesilla –tras haber caminado diez metros por la nieve- le cambiaron el forfait roto por uno nuevo, aunque él repetía una y otra vez que se iba al bar a descansar y a esperar a sus amigos. “-De verdad, no os preocupéis por mi. Os espero en el bar, calentito y a gusto”.
La historia, para abreviarla, terminó con nuestro protagonista en la cima de la montaña, insultando a árboles y esquiadores que pasaban por delante; y bajando como buenamente pudo la montaña entera. Supuestamente esto se lo obligaron a hacer para que perdiera el miedo para la próxima vez, pero ya era demasiado tarde. A partir de ese momento supo que la próxima vez, se dedicaría a ir en trineo.
martes, 12 de enero de 2010
viernes, 6 de noviembre de 2009
-1- no tiene título
Sui se sentía bien. Rodeaba con sus brazos la cintura de David mientras reposaba su mejilla en su espalda. Respiraba una sutil pincelada de libertad y comprendía y atendía a cada una de las sensaciones que percibía mientras iban recorriendo la ruta. Olores de encinas y robles, humedales y viñas, pinos y mar. Se sorprendía y se admiraba cada vez más. Eran cerca de las 13.45.
Llegaron a un mirador natural, se bajó de la moto y mientras se quitaba el casco, se vio envuelta en un marco que jamás habría imaginado: De pie en la falda de la montaña donde la carretera se abría ante el horizonte. Hacia el oeste se veían los frondosos bosques de pinos mientras que al este una majestuosa pared de roca se alzaba frente al mar que verdoso, intacto y limpio se extendía hacia el horizonte. A lo lejos se podían ver las gaviotas surcando el cielo. No se escuchaba nada más que el silencio. Se vio envuelta en ese mundo y no quería marchar. Sabía que nadie se lo llevaría, pero su miedo a no volver a verlo le impedía moverse de ahí. Notó como le cogían de la mano, se fijó en él, que le sonreía. “Vamos, te enseñaré el resto”. Aun con esa sensación de abandono se puso el casco y los guantes. Volvió a escuchar el v-twin rugir de nuevo pero parecía que esta vez lo hiciera con una voluntad de respeto ante ese lugar. Fueron bajando por la falda de la montaña y en cada curva que se abría ante el mar sentía como frenaba la moto para poderlo observar una vez más.
Era un pueblo pequeño con casas abiertas al mar y con grandes ventanales y terrazas cubiertas con techos de jazmín. Las calles adoquinadas y estrechas se abrían paso entre las casas que canalizaban la brisa y te hacían sentir su caricia. Un pequeño puerto pesquero ahora vacío, cubría parte de la costa. Era un pueblo tranquilo. Evocaba paz y tranquilidad. Llegaron a una plaza y aparcaron. Mientras se quitaban la chaqueta, los guantes y el casco se miraron. “¿Sabías que cogeríamos la moto, verdad?” Entonó ella con una sonrisa. Él no dijo nada. Únicamente se resignó a sonreír.
Bajaron por un callejón y entraron en una casa. La puerta era pequeña, de madera, machacada por el tiempo. Bajaron unas escaleras y accedieron a una sala en la que la única luz era la que entraba a ella a través de los ventanales. “Ven, siéntate aquí.” La besó y desapareció tras una puerta.
Era una sala pequeña en la que únicamente había una mesa con dos sillas y una vela encendida. Tras los ventanales se podía ver el pequeño puerto, la playa y la falda de la montaña con sus bosques de pinos. Junto a la escalera había un piano y una mesita con un ramo de flores. Margaritas. Los muebles color caoba contrastaban con las paredes blancas. Era una visión de ensueño.
“Sui, te presento a la señora Virginia.” Sui se dio la vuelta y se incorporó. Vio a una bella aunque anciana mujer que la sonreía. “Encantada señora Virginia. Tiene usted una casa realmente preciosa.” Dijo mientras le estrechaba benevolentemente la mano. “Gracias hija. Me alegra que te guste. Llevo en esta santa casa cuarenta y siete años. Me ha dicho David que hoy es vuestro aniversario y que venís de bien lejos, debes estar cansada y hambrienta.” Sonrieron los tres mientras la señora Virginia se apoyó en su brazo mientras le dirigía por un pequeño pasillo a otra sala. “Venga, aquí estarás mejor y más cómoda.” Sui no se dio cuenta de dónde estaban porque tenía la vista puesta en el suelo teniendo cura para que la señora Virginia no se tropezara. Al alzar la vista no se lo creía. Estaban en una pequeña terraza cubierta en parte por un techo de jazmín que se extendía hacia el otro extremo de la casa. Era pequeña pero entrañable. Estaba adornada con geranios en la baranda y pequeñas macetas de romero descansaban sobre la cornisa de una pequeña ventana. Las vistas eran parecidas a las del pequeño salón interior, pero lo que realmente puntualizaba este lugar eran los aromas. Mezclas de mar y montaña. Se giró hacia David y vio que únicamente sonreía. De pronto apareció una niña con un ramo de margaritas en la mano. En ella había una tarjeta que Sui cogió mientras agradecía a la pequeña el regalo. Abrió el sobre y notó cómo una pequeña lágrima surcaba su mejilla. Miró a David y le abrazó. De pronto se quedaron solos. La anciana ya no estaba, se había ido con la niña dejándoles a ellos que saborearan la miel del momento.
- Gracias. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.
- Gracias a ti, Sui. Eres mi equipo. Me aguantas y me animas cuando no creo ni yo en mi mismo. Sin embargo tú siempre has confiado en mí. Es lo mínimo que puedo hacer. Siempre estaré en deuda.
- No digas tonterías. Hoy has cumplido y suplido todas las deudas que creías tener. Ahora creo que me toca a mí…
Se acercó y le besó suavemente la mejilla mientras le susurraba “Estoy embarazada. Felicidades papá”.
Llegaron a un mirador natural, se bajó de la moto y mientras se quitaba el casco, se vio envuelta en un marco que jamás habría imaginado: De pie en la falda de la montaña donde la carretera se abría ante el horizonte. Hacia el oeste se veían los frondosos bosques de pinos mientras que al este una majestuosa pared de roca se alzaba frente al mar que verdoso, intacto y limpio se extendía hacia el horizonte. A lo lejos se podían ver las gaviotas surcando el cielo. No se escuchaba nada más que el silencio. Se vio envuelta en ese mundo y no quería marchar. Sabía que nadie se lo llevaría, pero su miedo a no volver a verlo le impedía moverse de ahí. Notó como le cogían de la mano, se fijó en él, que le sonreía. “Vamos, te enseñaré el resto”. Aun con esa sensación de abandono se puso el casco y los guantes. Volvió a escuchar el v-twin rugir de nuevo pero parecía que esta vez lo hiciera con una voluntad de respeto ante ese lugar. Fueron bajando por la falda de la montaña y en cada curva que se abría ante el mar sentía como frenaba la moto para poderlo observar una vez más.
Era un pueblo pequeño con casas abiertas al mar y con grandes ventanales y terrazas cubiertas con techos de jazmín. Las calles adoquinadas y estrechas se abrían paso entre las casas que canalizaban la brisa y te hacían sentir su caricia. Un pequeño puerto pesquero ahora vacío, cubría parte de la costa. Era un pueblo tranquilo. Evocaba paz y tranquilidad. Llegaron a una plaza y aparcaron. Mientras se quitaban la chaqueta, los guantes y el casco se miraron. “¿Sabías que cogeríamos la moto, verdad?” Entonó ella con una sonrisa. Él no dijo nada. Únicamente se resignó a sonreír.
Bajaron por un callejón y entraron en una casa. La puerta era pequeña, de madera, machacada por el tiempo. Bajaron unas escaleras y accedieron a una sala en la que la única luz era la que entraba a ella a través de los ventanales. “Ven, siéntate aquí.” La besó y desapareció tras una puerta.
Era una sala pequeña en la que únicamente había una mesa con dos sillas y una vela encendida. Tras los ventanales se podía ver el pequeño puerto, la playa y la falda de la montaña con sus bosques de pinos. Junto a la escalera había un piano y una mesita con un ramo de flores. Margaritas. Los muebles color caoba contrastaban con las paredes blancas. Era una visión de ensueño.
“Sui, te presento a la señora Virginia.” Sui se dio la vuelta y se incorporó. Vio a una bella aunque anciana mujer que la sonreía. “Encantada señora Virginia. Tiene usted una casa realmente preciosa.” Dijo mientras le estrechaba benevolentemente la mano. “Gracias hija. Me alegra que te guste. Llevo en esta santa casa cuarenta y siete años. Me ha dicho David que hoy es vuestro aniversario y que venís de bien lejos, debes estar cansada y hambrienta.” Sonrieron los tres mientras la señora Virginia se apoyó en su brazo mientras le dirigía por un pequeño pasillo a otra sala. “Venga, aquí estarás mejor y más cómoda.” Sui no se dio cuenta de dónde estaban porque tenía la vista puesta en el suelo teniendo cura para que la señora Virginia no se tropezara. Al alzar la vista no se lo creía. Estaban en una pequeña terraza cubierta en parte por un techo de jazmín que se extendía hacia el otro extremo de la casa. Era pequeña pero entrañable. Estaba adornada con geranios en la baranda y pequeñas macetas de romero descansaban sobre la cornisa de una pequeña ventana. Las vistas eran parecidas a las del pequeño salón interior, pero lo que realmente puntualizaba este lugar eran los aromas. Mezclas de mar y montaña. Se giró hacia David y vio que únicamente sonreía. De pronto apareció una niña con un ramo de margaritas en la mano. En ella había una tarjeta que Sui cogió mientras agradecía a la pequeña el regalo. Abrió el sobre y notó cómo una pequeña lágrima surcaba su mejilla. Miró a David y le abrazó. De pronto se quedaron solos. La anciana ya no estaba, se había ido con la niña dejándoles a ellos que saborearan la miel del momento.
- Gracias. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.
- Gracias a ti, Sui. Eres mi equipo. Me aguantas y me animas cuando no creo ni yo en mi mismo. Sin embargo tú siempre has confiado en mí. Es lo mínimo que puedo hacer. Siempre estaré en deuda.
- No digas tonterías. Hoy has cumplido y suplido todas las deudas que creías tener. Ahora creo que me toca a mí…
Se acercó y le besó suavemente la mejilla mientras le susurraba “Estoy embarazada. Felicidades papá”.
martes, 3 de noviembre de 2009
Un domingo cualquiera
Te suena el despertador. Son las 8 de la mañana. Miras con dulzura la cara de esa chica que hace unos años conquistó tu corazón. La acaricias y la besas. Te incorporas aun con pereza y sin quererlo te fijas en algo que te hace sonreír: las llaves de tu Harley-Davidson. Entras en el baño y ves las botas, la chaqueta y los guantes. Recuerdas lo que viviste ayer. Te duchas y te cambias. Desayunas y coges las llaves del coche para ir a comprar algo especial: Hoy hace 3 años que te casaste con ella. Abres la puerta de casa y te fijas que hace un día radiante y claro. Son las 9.15 de la mañana. El aire es fresco y recuerdas que las previsiones recomendaban para este día paseos y terrazas. Te quedas pensativo, dudoso… “Hoy es domingo, no puedo cogerla, pero es que hace un día tremendo… Pero no, porque la despertaré. Y quiero hacerlo con su zumo y fruta fresca, no con la moto.” Mientras piensas en voz alta te enfundas los guantes y coges la chaqueta. Vas al garaje, pulsas el cebador y esperas a estar ya lejos para darle el cuarto de vuelta, encender y engranar la primera marcha.
El día es aun más claro. Panhead y tú de paseo por las calles desiertas de un domingo otoñal. Vas al mercado y compras fruta fresca, leche y dos solomillos que sueñas en cocinarlos en su jugo con sal gorda para comer.
Son las 9.35 de la mañana y no le queda poco para despertarse –si no lo ha hecho ya con el sonido de la moto-. Te colocas las bolsas en el regazo y circulas hacia casa agradeciendo el sol de cara. Antes de llegar a casa apagas el motor. Entras por inercia al garaje. Ha sido un contacto matinal bastante recomendable, como tomarse una buena copa de vino y quedarse con el sabor en la boca hasta la hora de comer. Degustándolo.
Entras en la cocina y te quitas la chaqueta, los guantes y el casco mientras piensas en el desayuno que le vas a preparar. Exprimes naranjas y melón. Haces tostadas con mantequilla, unas cuantas fresas frescas y un vaso de leche. Una flor adorna la típica bandeja repleta de delicias matinales que esperas devorar con la mirada. Entras en la habitación y la encuentras ahí, dulce y delicada, profundamente dormida. Dejas suavemente la bandeja a los pies de la cama y abres la ventana para que la brisa te ayude a despertarla con sus caricias. Te inclinas hacia ella y la admiras. Te has casado con un ángel.
Despejas la mesita y colocas la bandeja. Tu torpeza te delata y ella entreabre los ojos. Te mira mientras sonríe sutilmente. Te coge la mano y la besa. “Te quiero, buenos días” dice con voz apagada. “Buenos días bonita.” Te atreves a decir. Después de más de tres años juntos, te siguen temblando las rodillas cuando te mira con esos ojos castaños mientras te susurra dulzuras. Inmediatamente se percata de tu sorpresa y se incorpora de un salto. Tú le sonríes. “Lo que hace el hambre…” susurras. “Gracias cariño, el mejor desayuno del mundo.”
Son las 11.20 de la mañana y después de haberte duchado de nuevo –con ella-, te sorprende verla bajar al salón con las botas puestas, las Ray-Ban, su chaqueta al hombro y una sonrisa endiabladamente seductora. “¿Dónde vas?” Preguntas. Ella no dice nada. Mientras baja te fijas en su modelito, ceñido vaquero y blusa al aire con chaleco. Sus botas recién engrasadas brillan de resplandor mate. Su melena ondea mientras camina hacia ti sin cambiar esa sonrisa. Te coge de la mano y te lleva a tu panhead mientras te susurra: “Vamos fiera. Demuéstrame lo equivocada que estoy con tu harley.” Sonríes mientras pulsas el cebador, la miras y arrancas. El V-Twin hace estremecer la piel de porcelana de la que te mira, ahora sorprendida por lo hipnotizadora que resulta cuando la sientes cerca. Te enfundas la chaqueta y los guantes. Engranas y poco a poco tu mundo se mueve de nuevo, pero esta vez es algo especial; Sientes cómo se agarra a tu cintura y te besa en la mejilla. “Vamos cariño, la carretera es tuya –susurra-. Feliz aniversario.”
La besas y empieza tu aventura.
El día es aun más claro. Panhead y tú de paseo por las calles desiertas de un domingo otoñal. Vas al mercado y compras fruta fresca, leche y dos solomillos que sueñas en cocinarlos en su jugo con sal gorda para comer.
Son las 9.35 de la mañana y no le queda poco para despertarse –si no lo ha hecho ya con el sonido de la moto-. Te colocas las bolsas en el regazo y circulas hacia casa agradeciendo el sol de cara. Antes de llegar a casa apagas el motor. Entras por inercia al garaje. Ha sido un contacto matinal bastante recomendable, como tomarse una buena copa de vino y quedarse con el sabor en la boca hasta la hora de comer. Degustándolo.
Entras en la cocina y te quitas la chaqueta, los guantes y el casco mientras piensas en el desayuno que le vas a preparar. Exprimes naranjas y melón. Haces tostadas con mantequilla, unas cuantas fresas frescas y un vaso de leche. Una flor adorna la típica bandeja repleta de delicias matinales que esperas devorar con la mirada. Entras en la habitación y la encuentras ahí, dulce y delicada, profundamente dormida. Dejas suavemente la bandeja a los pies de la cama y abres la ventana para que la brisa te ayude a despertarla con sus caricias. Te inclinas hacia ella y la admiras. Te has casado con un ángel.
Despejas la mesita y colocas la bandeja. Tu torpeza te delata y ella entreabre los ojos. Te mira mientras sonríe sutilmente. Te coge la mano y la besa. “Te quiero, buenos días” dice con voz apagada. “Buenos días bonita.” Te atreves a decir. Después de más de tres años juntos, te siguen temblando las rodillas cuando te mira con esos ojos castaños mientras te susurra dulzuras. Inmediatamente se percata de tu sorpresa y se incorpora de un salto. Tú le sonríes. “Lo que hace el hambre…” susurras. “Gracias cariño, el mejor desayuno del mundo.”
Son las 11.20 de la mañana y después de haberte duchado de nuevo –con ella-, te sorprende verla bajar al salón con las botas puestas, las Ray-Ban, su chaqueta al hombro y una sonrisa endiabladamente seductora. “¿Dónde vas?” Preguntas. Ella no dice nada. Mientras baja te fijas en su modelito, ceñido vaquero y blusa al aire con chaleco. Sus botas recién engrasadas brillan de resplandor mate. Su melena ondea mientras camina hacia ti sin cambiar esa sonrisa. Te coge de la mano y te lleva a tu panhead mientras te susurra: “Vamos fiera. Demuéstrame lo equivocada que estoy con tu harley.” Sonríes mientras pulsas el cebador, la miras y arrancas. El V-Twin hace estremecer la piel de porcelana de la que te mira, ahora sorprendida por lo hipnotizadora que resulta cuando la sientes cerca. Te enfundas la chaqueta y los guantes. Engranas y poco a poco tu mundo se mueve de nuevo, pero esta vez es algo especial; Sientes cómo se agarra a tu cintura y te besa en la mejilla. “Vamos cariño, la carretera es tuya –susurra-. Feliz aniversario.”
La besas y empieza tu aventura.
lunes, 26 de octubre de 2009
Harley-Davidson. Route parte 3
Y ahí estamos los cuatro, surcando el viento y sintiendo el poder de estas máquinas dóciles a merced de nuestra voluntad. Miro de reojo a mis amigos y veo en sus caras cosas que por ellas me inundo en carcajadas. Javier, serio y concentrado, no deja de mirar la carretera echándole, de vez en cuando una miradita a sus manillas. No se si termina de creerse dónde está montado. Su Nightster se planta perfecta, rugiendo suave y sinuosa por la highway, como él mismo no para de decir. Se siente mundo junto al asfalto. Xavi sonríe. No hace otra cosa que sonreír. No se si lo hace por vernos con las pintas que llevamos o porque su V-Rod le está convenciendo. Se planteó diversas posibilidades, pero finalmente se decidió por esta perfección americana. Y, al ser chiquitín, se ven dos manos y un casco negro montados en una moto estratosférica. Carlos, el último en discordia, ha querido parecerse a Marlboro Man montando su chopper y luciendo su nueva chaqueta de cuero. Imitando a Javier, se planta serio ante el asfalto, intentando saborear cada kilómetro recorrido; aspirando el viento fresco que empapa su cara de felicidad.
Los tres parecen comulgar con la ruta ascendiéndola a bendita.
Y yo, con mi Little Wild. Viéndoles a ellos en ruta hacia la aventura. Rugiendo en manada cuatro Harley-Davidson conquistando el asfalto. Sintiéndolo como si fuera la primera vez. Con una mano en mi regazo, la vista puesta de nuevo en dirección y sintiendo el nuevo baño del sol otoñal. De vez en cuando vuelvo la vista hacia ellos y me recuerda a mis inicios: joviales e inocentes donde lo único que hacía era saborear el momento mientras admiraba cada metro recorrido.
Restan 157km para Zaragoza. Seguimos en ruta, porque restan 157km de sueños.
Los tres parecen comulgar con la ruta ascendiéndola a bendita.
Y yo, con mi Little Wild. Viéndoles a ellos en ruta hacia la aventura. Rugiendo en manada cuatro Harley-Davidson conquistando el asfalto. Sintiéndolo como si fuera la primera vez. Con una mano en mi regazo, la vista puesta de nuevo en dirección y sintiendo el nuevo baño del sol otoñal. De vez en cuando vuelvo la vista hacia ellos y me recuerda a mis inicios: joviales e inocentes donde lo único que hacía era saborear el momento mientras admiraba cada metro recorrido.
Restan 157km para Zaragoza. Seguimos en ruta, porque restan 157km de sueños.
martes, 20 de octubre de 2009
Harley-Davidson route. Parte 2.
-¿Mañana salimos?
-Sí. Mañana.
Les estrecho la mano y les sonrío mientras me dirijo a la puerta del bar para irme a casa. Confirmado, mañana saldremos.
Son las 8.30 de la mañana y me suena el despertador. Me levanto y me ducho. Tengo media hora para llegar a la gasolinera del pueblo. Ahí me estarán esperando. Me tomo un café y me enfundo los guantes mientras me dirijo al garaje. Le doy al interruptor y los destellos del fosforescente dejan entrever a mi compañera de viaje. Lista, perfecta, limpia. Meto la llave, un cuarto de vuelta, pulso el cebador y espero. Punto muerto y enciendo. Su rugido me implica en la travesía que haremos. Ya estamos los dos.
Son las 8.55 y salgo del garaje lentamente, dejando que el motor se despierte, al ralentí. Embrago y engrano la primera marcha mientras la puerta del garaje se cierra. Mi mundo, frío a esas horas de la mañana, se empieza a mover de nuevo. La calle aun está húmeda. No hay casi almas despiertas. Cuatro pájaros vergonzosos pasan frente a mí revoloteando cuando finalmente llego a mi destino. Pasan 4 minutos de la hora establecida.
Los veo a ellos hablando, nerviosos, esperando que llegue el cuarto en discordia para poder partir de inmediato. Al verme llegar sonríen y saludan. Encienden sus motos y las dejan al ralentí para calentar motores. Somos cuatro personajes envueltos por cuatro motores V-twin. Pistones y cilindros a punto de rendir mientras los Screaming Eagle componen la sinfonía matinal Harley.
Me subo a la moto y me acomodo. Quedamos en ir a Zaragoza a almorzar. Tenemos dos horas y cuarto de ruta, siento que estamos nerviosos. Mi historia con el bar rutero les pareció sorprendente y quieren vivir algo parecido.
Mientras nos ponemos en marcha y voy sintiendo el aire frío en mi cara, voy recordando una frase que siempre susurro cuando empieza mi aventura: “Ladies and gentlemen, Start your engine. Start craving the wind in your face as you rumble down the road on your own Harley-Davidson motorcycle”. Empieza mi segunda aventura.
-Sí. Mañana.
Les estrecho la mano y les sonrío mientras me dirijo a la puerta del bar para irme a casa. Confirmado, mañana saldremos.
Son las 8.30 de la mañana y me suena el despertador. Me levanto y me ducho. Tengo media hora para llegar a la gasolinera del pueblo. Ahí me estarán esperando. Me tomo un café y me enfundo los guantes mientras me dirijo al garaje. Le doy al interruptor y los destellos del fosforescente dejan entrever a mi compañera de viaje. Lista, perfecta, limpia. Meto la llave, un cuarto de vuelta, pulso el cebador y espero. Punto muerto y enciendo. Su rugido me implica en la travesía que haremos. Ya estamos los dos.
Son las 8.55 y salgo del garaje lentamente, dejando que el motor se despierte, al ralentí. Embrago y engrano la primera marcha mientras la puerta del garaje se cierra. Mi mundo, frío a esas horas de la mañana, se empieza a mover de nuevo. La calle aun está húmeda. No hay casi almas despiertas. Cuatro pájaros vergonzosos pasan frente a mí revoloteando cuando finalmente llego a mi destino. Pasan 4 minutos de la hora establecida.
Los veo a ellos hablando, nerviosos, esperando que llegue el cuarto en discordia para poder partir de inmediato. Al verme llegar sonríen y saludan. Encienden sus motos y las dejan al ralentí para calentar motores. Somos cuatro personajes envueltos por cuatro motores V-twin. Pistones y cilindros a punto de rendir mientras los Screaming Eagle componen la sinfonía matinal Harley.
Me subo a la moto y me acomodo. Quedamos en ir a Zaragoza a almorzar. Tenemos dos horas y cuarto de ruta, siento que estamos nerviosos. Mi historia con el bar rutero les pareció sorprendente y quieren vivir algo parecido.
Mientras nos ponemos en marcha y voy sintiendo el aire frío en mi cara, voy recordando una frase que siempre susurro cuando empieza mi aventura: “Ladies and gentlemen, Start your engine. Start craving the wind in your face as you rumble down the road on your own Harley-Davidson motorcycle”. Empieza mi segunda aventura.
lunes, 19 de octubre de 2009
gusta y no
Gusta verse rodeado de tanta gente. Gusta verse involucrado en un proyecto digno, un proyecto que defiende la vida hasta las últimas consecuencias. Gusta marcarse el lujazo de viajar con amigos a la Capital, adentrarse entre los ríos de gentes y aunar fuerzas para intentar llegar a algún corazón.
Gusta ver tanta gente joven. Gusta el buen rollo del momento. Gusta incluso el extremo cansancio al final del día...
Pero lo que no gusta es ver cómo periódicos pretenden manipular una verdad como un templo publicando las fotos del final de la manifestación cuando la gente se disolvía; Contabilizar la asistencia en minucia comparada con la asistecia real. ¡Y menospreciar por ello a toda esa gente y al mensaje de la protesta que no es otro que defender la vida!
Estamos gastando millones de euros en ayudas sociales dentro y fuera de nuestras fronteras. Estamos adoptando fuera de españa. Y no somos capaces de hacer frente a un problema que es el resultado de más de 18 mil muertes al año.
Adoptemos españoles.
Gusta ver tanta gente joven. Gusta el buen rollo del momento. Gusta incluso el extremo cansancio al final del día...
Pero lo que no gusta es ver cómo periódicos pretenden manipular una verdad como un templo publicando las fotos del final de la manifestación cuando la gente se disolvía; Contabilizar la asistencia en minucia comparada con la asistecia real. ¡Y menospreciar por ello a toda esa gente y al mensaje de la protesta que no es otro que defender la vida!
Estamos gastando millones de euros en ayudas sociales dentro y fuera de nuestras fronteras. Estamos adoptando fuera de españa. Y no somos capaces de hacer frente a un problema que es el resultado de más de 18 mil muertes al año.
Adoptemos españoles.
martes, 13 de octubre de 2009
es decepcionante
La actual Ley del Aborto, aprobada en 1985, sólo permite la interrupción voluntaria del embarazo cuando hay riesgo para la salud de la madre, violación y taras graves para el feto. Y es que esta ley siendo ya aberrante, ha sido apoyada por la inmensa mayoría de los representantes políticos hasta el día de hoy; Y ahora, viendo que su decisión electoralista se les ha ido de las manos por la decisión de una populacha necia como Bibiana Aído, se dan de cruces y se sorprenden por la “falta de humanidad” de aquellos que apoyan la nueva Ley del Aborto. La misma que permite abortar hasta los 5 meses, 21 semanas para ser exactos, sin ningún tipo de restricción.
Se habla constantemente de la respuesta a la “demanda social”, “derechos fundamentales”, etcétera. Pero me vuelvo a preguntar, ¿qué narices pasa con los derechos de los no natos? ¿Es que vamos a permitir que no tengan voz? ¿Es que vamos a permitir que se les menosprecie o que se crean que son menos dignos que los que ya hablamos?
Después de ver cómo nos tratamos los seres humanos, no me cabe en la cabeza cómo tienen las narices de partirse el cuello plantando pinos y abetos para intentar repoblar un bosque hecho trizas. Tampoco me cabe en la cabeza que nos llamemos solidarios y abramos las puertas de nuestra España para todo el mundo cuando ni siquiera somos capaces de preservar los derechos de un niño indefenso. Me resulta incomprensible que se envíen soldados para preservar esos derechos y libertades cuando lo que ocurre es que hay españoles que aun no gozan ni de derechos ni de libertades; Ni siquiera de una mísera oportunidad.
Es decepcionante.
Se habla constantemente de la respuesta a la “demanda social”, “derechos fundamentales”, etcétera. Pero me vuelvo a preguntar, ¿qué narices pasa con los derechos de los no natos? ¿Es que vamos a permitir que no tengan voz? ¿Es que vamos a permitir que se les menosprecie o que se crean que son menos dignos que los que ya hablamos?
Después de ver cómo nos tratamos los seres humanos, no me cabe en la cabeza cómo tienen las narices de partirse el cuello plantando pinos y abetos para intentar repoblar un bosque hecho trizas. Tampoco me cabe en la cabeza que nos llamemos solidarios y abramos las puertas de nuestra España para todo el mundo cuando ni siquiera somos capaces de preservar los derechos de un niño indefenso. Me resulta incomprensible que se envíen soldados para preservar esos derechos y libertades cuando lo que ocurre es que hay españoles que aun no gozan ni de derechos ni de libertades; Ni siquiera de una mísera oportunidad.
Es decepcionante.
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