miércoles, 21 de enero de 2015

una lección de vida

-Tío Jorge, ¿Cómo te encuentras? –Pregunto sabiendo de sobras que su respuesta será prefabricada.
- De puta madre… ¿No lo ves? –me dice sonriendo.

Me agacho para darle un abrazo y veo en sus ojos un pequeño atisbo de emoción, así que procuro seguir con la conversación para intentar liquidar el posible dramatismo que pueda florecer. Él me abraza y tras un cariñoso y largo abrazo, me incorporo conteniendo la respiración y le dedico una sonrisa.

- Estás guapo, macho. ¿Has visto la que has liado? Estamos todos aquí. Se están moviendo los cimientos del mundo porque todos quieren estar contigo. ¡Más arropado no puedes estar!

Él me mira con esos ojos enjaulados entre unas cejas pobladas y una larga barba blanca. Se queda callado, esperando algo de mí que no logro comprender. Ante este segundo de silencio vuelvo a la carga con mis comentarios –absurdos, algunos- para intentar llenar estos agoniosos momentos de silencio.

- Fíjate, ha venido Raquel que también quería verte y darte un enorme beso.

Sus profundos ojos marrones dejan de torpedearme y giran hacia donde Raquel está, quieta, emocionada. Ve en mi tío algo que le recuerda a su padre –que en paz descanse- y se le encoje el alma al apretarle la mano. Él sonríe y tira de su mano delicadamente para dedicarle un tierno abrazo.

- Cada día más guapa –le piropea. Raquel se ruboriza.

Pasan unos minutos de cálida conversación entre nosotros tres. Nos pregunta por Vera, nuestra hija pequeña, y le hablamos de lo primero que se nos pasa por la cabeza. Al cabo de un rato, ese agonioso momento de silencio vuelve a conquistar la habitación. Él está agotado. Cierra los ojos y se relaja envuelto entre chutes de morfina. Vuelvo a despertarle y le pregunto si está bien. En ese momento me vuelve a mirar de nuevo como antes, me sonríe débilmente y me dice:

- Ya lo sabes, ¿Verdad? -Yo no sé qué decir. Me hago el loco y le pregunto sobre qué está hablando, aunque sé perfectamente que el momento ha llegado, y es inevitable. – Los médicos –prosigue- me han dicho que yo… caput.

No lo puedo contener. Mi barbilla tiembla como un flan encima de una batidora. No logro comprender cómo es posible que alguien asuma con tanta tranquilidad esa ley natural. Yo caput. Qué dramáticamente claro. Qué poéticamente doloroso.
Te mueres, sí, ¿hasta en esto vas a cuidar tus palabras? Me impresiona.


- Tío Jorge –logro decir- ¿pero has visto cómo te vas? Rodeado de los tuyos que te quieren y que casi se pelean por estar a tu lado. Vienen de todas las partes del mundo –literalmente- para darte ese beso que te mereces. Hay que dar gracias a Dios por esto…

- No vayas por ahí –me dice tajantemente mientras procura cambiar de posición, como queriéndome decir que estoy siendo un bocazas. Me callo y le miro. –No vayas por ahí –repite-, que eso no me preocupa. A mí lo que me preocupa son mis hijos.
Mi puñetera barbilla vuelve a temblar descontroladamente. Trago saliva y prosigo.

- ¿Pero tú te crees que van a estar solos? ¿Cuántos Perós somos? No les va a faltar de nada, por eso no te preocupes.   

Me mira y me sonríe. En ese momento entra mi tía a escena, posiblemente para mirar de aliviar de tensión –sana y preciosa tensión- ese momento tan cargado y sembrar un poco de des dramatismo. Pero Jorge, a su ritmo, vuelve a la carga.

- No estoy preocupado por mí. Yo sé que estoy bien, y que estaré bien. Jamás me había sentido tan bien. Es como si tuviera una mano apoyada en mi hombro que me da una paz y serenidad que jamás había experimentado. 

Miro a Raquel. No gesticula. Miro a mi tía que sonríe finamente. Miro a Jorge… cierra los ojos. En su cara veo paz. Una paz que incluso me tranquiliza a mí. Esos momentos, segundos, pasan lentos. Es como si la vida me hubiera permitido saborearlos porque ahí está el Cielo. Ahora recuerdo sus palabras “no estoy preocupado por mí, sino por mis hijos”. De él nadie debe preocuparse. Comunión diaria, sonrisa diaria, en paz. No hay nada mejor. Con una simple frase me lo ha dicho todo: Pablo, sonríe, olvídate de ti y pelea por la felicidad del resto. Sé Fiel. No lo dudes. Y sobre todo, no desesperes, porque cuando uno no llega, el resto lo hace por ti.

Ahora, dos días después de su fallecimiento, procuro reconstruir fielmente esos momentos que pasé a su lado y me cuesta no verle sonreír. Me cuesta no verle dando las gracias. Me cuesta no emocionarme por haber conocido a un Jorge, y tras años de trato, haberme despedido de mi tío Jorge, aquél que en sus últimos días nos puso el Cielo en una camilla.

jueves, 15 de noviembre de 2012

el escritor 2


Tragó saliva, tosió débilmente y le devolvió como pudo la sonrisa.

El gentío seguía estupefacto la escena ya que no podía comprender cómo la belleza del campus estaba hipnotizada por un don nadie; un alguien que ni su nombre sonaba conocido y lo habían apodado como “el chico”.

Noelia descubrió su carpeta, la abrió y sacó un papel arrugado. En él unos versos marcados a corazón rezaban lo que Noelia recitó, suave y despacio; haciendo hincapié en cada coma, en cada punto. Susurrando…

            Hay veces que es imposible olvidarte.
Hay momentos en que odio quererte.
Circunstancias en las que quiero admirarte
Y otras tantas por las que quiero perderte. 

Hay penurias que las paso yo solo
Y hay problemas que no quiero explicar.
Hay latidos que los recuerdo y lloro,
Y hay recuerdos que espero no alcanzar. 

El momento es siempre uno y cierto,
Escarmiento recuerdo hoy por ti.
Y no siento la pena por mi llanto
           Pues no miento, te quiero siempre a ti.


Las palabras de Noelia resonaron poderosas entre el gentío absorto por la dulzura de su voz. Las manos le temblaban débilmente mientras sostenía la mirada hacia aquél chico, mudo, temeroso de bellas sonrisas, hacedor de versos secretos con cuyas rimas avivaba, en sus sueños, su romance.

El chico la miraba pero no era capaz de reclamar su obra puesto que en el código del buen cortés los versos no tienen otro dueño que la doncella a la que van referidos; y él, a fin de cuentas, era el chico.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

el escritor


  Sorbió un poco más de café. Aún humeaba. Cogió una bocanada de aire fresco y advirtió que su día empezaba bien. Hacía un sol radiante frente a una mañana fresca de noviembre. Los pájaros piaban enérgicamente haciendo caso omiso a los pocos grados que el mercurio marcaba. Era un buen día. Estiró de nuevo sus dedos y acarició su antigua máquina de escribir. Al tocarla volvió a sentir cómo su mundo se extinguía y nacían frente a él el campus, Noelia y el tímido estudiante aun sin nombre:


“Era ese rincón su paraíso fiscal de los sueños. En el leía, escribía y soñaba. Sus gafas de pasta oscuras a duras penas se sujetaban en su nariz respingona, menuda y redonda. Vestía una camisa de cuadros pasados de moda pero ancha y realmente cómoda. Se sentía libre, a resguardo de su realidad: No tenía amigos.

Mientras contemplaba sus notas en los márgenes de su novela de caballeros, escuchó el extraño vacío del bar. El bullicio había mutado en el silencio más rotundo con algún que otro esporádico susurro. Sin levantar la vista supo que las miradas de los más de 30 estudiantes recaían en él. ¿Por qué?

Sintió un escalofrío y notó cómo sus manos sudaban.

- Hola –dijo una suave y tierna voz.

Por un momento maldijo a aquella que le había interrumpido y le impedía profundizar en su libro, pero alzó la vista y palideció. Advirtió dos manos de porcelana, una encima de la otra, sutilmente ocultas bajo una melena rubia, ondulada y larga. Su escandalosa figura bajo una camiseta y un chaleco ajustados le dejaron boquiabierto. Jamás había tenido tan de cerca la musa de sus sueños. Dentro de su tremenda vergüenza se atrevió a alzar la vista de nuevo. Su amor secreto quedó en entredicho cuando enrojeció de golpe. Noelia aun le miraba, sonriente. Sus ojos verdes envueltos en toque de rimel brillaban frente a él, nervioso y temeroso. Estaba siendo el centro de atención por primera vez en su vida.”

martes, 2 de octubre de 2012

amor en silencio



Cogió el bolígrafo y empezó a escribir sin detenerse ni un momento. En su cabeza nacían palabras una detrás de otra, como si hubiera abierto las puertas de su imaginación, y a paladas fueran saliendo palabras que rápidamente escribía en el papel. Fue llenando sin orden alguno el folio, en silencio, siguiendo con sus ojos los trazos que el bolígrafo hacía alegremente. Cuando acabó con la primera cara, dio la vuelta al papel y empezó con el mismo entusiasmo la siguiente. No sabía por qué, pero necesitaba escribir. Sentía la necesidad imperiosa de plantarse frente a un papel, coger firmemente el bolígrafo y escribir, nada más. Finalmente, tras haber llenado tres folios por ambas caras, paró. La mano le hervía y sus dedos le temblaban. Tras ordenar delicadamente las hojas y masajearse un poco los dedos, se acomodó y empezó a leer:

“Casa, árbol, hiena, perro, trucha, locura, pez, reloj, boli, flecha, trabajo, manto, nube, cielo, armadura, tú, ella, soledad, amor, esperanza, vacío…”

Paró de leer y tiró el papel al suelo. Una sensación extraña le recorrió todo el cuerpo. ¿Qué había ocurrido? Ni siquiera se había dado cuenta de lo que escribía… ¿Vacío? ¿Pero en qué estaba pensando? Después de frotarse la cara esperando despertarse de ese mal sueño, miró al suelo y se fijó en esos papeles llenos de ideas misteriosas. ¿Valía la pena cogerlos de nuevo o debía rechazarlos y abandonarlos? El silencio llenaba todos los rincones de la habitación en la que estaba. Sentía la necesidad de leer lo que había escrito… un momento, ¿necesidad o curiosidad? Finalmente, tras permanecer frente a los papeles un buen rato, se agachó, y sin esperar a incorporarse, leyó de nuevo en voz alta:

“Esperanza, felicidad, cordura, locura, bondad, miedo, farola, coche, américa, tarta, queso –Sonrió. Le gustaba el queso-, moto, casco, trabajo, sencillo, tú, ella, soledad, amor, esperanza, vacío…”

Paró de nuevo pero esta vez arrugó los papeles antes de volverlos a lanzar al suelo. ¿Qué estaba ocurriendo? Había repetido las seis últimas palabras otra vez, y en el mismo orden, ¡y sin darse cuenta! La sensación extraña se covirtió en sudor y escalofrío. ¿Por qué aparecía ella en sus escritos? ¡Si no existía! Maldecía por habérsele ocurrido escribir esa mierda de palabras porque habían conseguido herirle de muerte… otra vez. No lo entiendo, murmuraba mientras miraba las bolas de papel. No lo entiendo. En ese momento cogió un nuevo folio, y tras elegir el bolígrafo rojo, se sentó en la silla y empezó a escribir:

“Querida tú, no sé quién eres pero me tienes tremendamente enamorado. No sé dónde estás ni si existes, pero pienso en ti todos los días. No sé si te conoceré algún día, pero no puedo y no quiero pensar que no lo haré. No sé por qué estás en mi cabeza si nunca en la vida he olido tu perfume, si nunca he escuchado tu voz, si nunca he percibido tu tacto… te pido por favor que aparezcas pronto, o que desaparezcas para siempre. Vivir con este sueño me ahoga, y no quiero echarte de menos.”

Dio un suspiro y se acomodó en su cama. De pronto se sintió aliviado. Esa sensación extraña que antes le había conquistado, se había convertido en una tranquilidad indescriptible. Sus párpados empezaron a pesarle y su cuerpo a ralentizarse. Poco a poco la habitación fue convirtiéndose en tinieblas y la suave brisa que antes percibía iba desapareciendo. Quería moverse pero no podía. Quería caminar pero no vivía. Quería, quería…

-        Buenos días, ¿cómo se encuentra?
-        Doctor, me ha parecido verle sonreír… -dijo mientras apretaba fuertemente la mano a su marido.
-        Seguro que lo ha hecho, señora… El que esté en coma no significa que no recuerde ni sienta.
-        ¿Cree usted que despertará?
-        Es lo que todos esperamos, señora. Es lo que todos esperamos.

miércoles, 27 de junio de 2012

despedida 2

Sus dedos acariciaron de nuevo el sobre esperando que las palabras floreciesen mientras sus ojos hinchados seguían mirándole. El papel, antes fresco y suave, era ahora un papel magullado. Uno de esos dedos encontró un surco en el papel y se detuvo. Las líneas eran profundas y claras. No había posibilidad de error.

Notó cómo un temblor le empezó a subir por las rodillas hasta llegar a la barbilla mientras los ojos se le inundaban en unas lágrimas que no podía excusar. Las manos, custodiando el sobre con el mensaje más claro que jamás había logrado descifrar, se iban empapando con esas lágrimas que inevitables caían feroces hacia el sobre. Sin saber por qué, se sentía esclava del momento: no podía hablar, no podía moverse, no podía hacer otra cosa que esperar a que él dijera algo… pero él no se movía. No decía nada. Estaba quieto, con su mirada clavada en esos ojos empapados. Aun y así la veía hermosa…; tanto que le cortaba la respiración. No entendía su silencio. No entendía la situación. Lo único que quería era darle la carta y desaparecer.

El momento rebosaba de un asqueroso silencio. Ella únicamente oía el latir de un corazón nervioso y exaltado… y muerto de miedo. ¡Que te quiero! Gritaba para sí atormentada por sus palabras. ¡Que te quiero más que a mi vida! Volvía a decir con la voz silenciosamente desgarrada. Dime que me quieres, aquí y ahora, por favor. Dime que me quieres… Pero él no oía nada. Únicamente la veía quieta, casi abrazando el sobre. Sentía unas ganas tremendas de abrazarla y fundirse en un beso interminable. Quería gritarle cuánto la amaba, pero no tenía voz. Soñaba con acariciarla y cuidarla, pero no tenía tacto. Quería velar por ella día y noche para evitar por siempre más lágrimas inútiles... pero sin embargo, seguía mudo frente ella mientras en su cabeza se desvanecían las letras que formaban el tan ansiado TE.

jueves, 14 de junio de 2012

despedida

-Somos amigos… -concretó escueto.

-Sí, somos amigos –consiguió decir en un hilo de voz mientras le apartaba la mirada.  ¿Por qué? ¿Por qué no le digo que le quiero? –se gritaba en silencio mientras sentía como una lágrima le surcaba su mejilla.

Frente a ella, él, expectante. Sostenía en sus manos un sobre con las últimas palabras que se había permitido dedicarle. Mientras la veía hundida en un llanto seco, con la vista puesta en el suelo inmersa en sus pensamientos, notaba como un aire helado le sacudía el corazón. –Tanto tiempo no puede tardar en decirme que me quiere –pensaba mientras acariciaba con los dedos el sobre.
En ocasiones jugaban a escribirse mensajes que luego trataban de adivinar con los surcos que el lápiz dejaba en el papel. –Mira –se dijo –he encontrado una letra. Con el índice la rodeó y la acarició siguiendo las líneas rectas. Era la letra E. Mientras se frotaba los dedos, índice contra pulgar, tratando de sensibilizarlos al máximo para adivinar la próxima, la miró de nuevo. Seguía absorta en sus pensamientos… y él volvió a los suyos. –Esto tiene que ser una U -Pensó al encontrar junto a la E un gran hueco donde la yema de su dedo encajaba a la perfección. Tras el éxito, levantó de nuevo los dedos y volvió a hacer el mismo ritual.

–Somos amigos. Se repitió. Su mirada, anclada al suelo, vaciaba la nada esperando que algo extraordinario sucediera. No sabía qué decir ni qué pensar. Únicamente sabía que no quería separarse de él. Estaban el uno frente al otro y entre ellos un largo silencio. Sentía un extraño dolor en el pecho que le impedía alzar la vista y mirar al joven que permanecía frente a ella. Y temía que al verle, se diese cuenta lo enamorada que estaba de él.

-Llora… -pensó mientras levantó el dedo del sobre rápidamente. Había encontrado una letra que no quería corroborar, porque de ser así…

El rápido movimiento de su mano hizo que ella se fijara, aun cabizbaja, en el sobre que él custodiaba. Al instante, viendo como él se acariciaba las yemas de los dedos, supo que estaba adivinando palabras. ¿Cuál estaría tratando de adivinar? Recordó las tardes en el porche de su casa y sus paseos por los bosques cercanos; los dos solos. Hablaban de las historias que leían, de las que se inventaban y de lo que creían. Opinaban sobre el bosque y soñaban con atreverse a hacer noche alguna vez. Sus vidas, sin quererlo, se habían convertido en prácticamente una, supliéndose sin esfuerzo en lo que el otro fallaba. Era tan hermoso y temía tanto que se le escapara otra lágrima, que sin pensarlo le arrancó el sobre de las manos.
-¿Qué haces? –preguntó él incrédulo.

Ella, haciendo caso omiso, lo agarró por el mismo sitio que él y tras acariciarse las yemas de los dedos, repasó el sobre. En seguida sus yemas percibieron el suave y frío tacto del papel blanco. Lentamente lo iba repasando haciendo líneas, buscando los surcos casi imperceptibles. Sabía que él no podría adivinar ninguna palabra que ella no pudiera, pues ella siempre ganaba. De pronto se paró. Su mano, de dedos espigados y piel tostada, acariciaba delicadamente el contorno de lo que había encontrado. Tras analizarlo varias veces, levantó la mano, y mientras se acariciaba los dedos, murmuró:

–Una E.

-Lo sé –Pero no sigas. Pensó Él.
Sin dejar de mirarle volvió al sobre. Notaba en él una mezcla de pánico y dolor que le intrigaba, pero dejó que sus dedos volvieran a tamborilear por el sobre hasta que encontró la preciada E, y ahí ancló su tacto. Giró levemente el dedo, siguiendo el contorno de lo que le parecía una letra hasta que al fin la yema de su índice reposó cómodamente en el valle que la U había formado.

-Ya tengo dos. –Le dijo seria.
-¿Cuál es?

-La U… Espera, que tengo otra. Esta es fácil: una Q.

-No sigas. Te lo ruego.

La súplica avivó su curiosidad por lo que había escrito y en un arrebato de agilidad repasó la línea y se estremeció.

-Ya sé lo que pone… QUIERO. –Mientras se lo decía no conseguía que su voz sonara más que un susurro. Por un momento, mientras jugueteaba con la carta, había vuelto al perfecto mundo de sus sueños donde todo esto existía sin pensarlo. Había vuelto a la vida que antes habían compartido y que tanto habían disfrutado. Se sentía completa sin tener que dar explicaciones a nadie. Se sentía querida y era una sensación que nadie podía arrebatarle. Pero tras haber descubierto la palabra, un chorro de realidad le había hecho despertar y darse cuenta que ese chico con el que tanto había compartido, al que tanto creía querer, estaba frente a ella esperando una respuesta. Pero había algo que seguía inquietándola; algo que le impedía decirle nada. Así que sin pensar por qué, volvió al sobre con una mezcla de miedo, por temor a que la palabra que la precedía no fuese la que esperaba; y necesidad, por querer que esa palabra fuese TE.

(el olvido)


Silencio… Únicamente el silencio conseguía empañar los segundos de la pegajosa soledad. Mientras permanecía inútilmente frente a una hoja en blanco, esperando estúpidamente que afloraran en su recuerdo los momentos más entrañables que había vivido junto a aquél hombre, sentía un profundo dolor en el pecho que le oprimía impidiéndole escribir una letra. Inútilmente cogía el lápiz con fuerza y se acercaba al papel esperando a que afloraran las letras; aquellas que compondrían la historia que quería escribir, pero era incapaz de escribir una letra.

Varias lágrimas habían caído en el folio en blanco que enjuagaba como podía con la manga de su chaqueta. Se veía inútil, vacío. Se sentía absurdamente querido por alguien que ya no estaba mientras intentaba escribir sus recuerdos. Todo ese esfuerzo valía la pena si conseguía evitar que el hombre del sombrero gris no sucumbiera al olvido.