Esta mañana me he despertado con sensación a llanero solitario; con el mismo espíritu con que se levantaba John Wayne –o don Clint Eastwood como máximo exponente-, lenta y pausadamente, con aire malhumorado. He abierto los ojos y he adoptado en seguida la misma expresión, dejando caer primero una pierna, murmurar por el dolor del costado y dejando caer pesadamente la otra pierna. Mi cara, con expresión ruda y sobrada de hombría se ha encontrado con la de mi madre, como no, desencajada por mi tontería matinal. Y ahora que lo pienso, puede que ese espíritu del Salvaje Oeste haya sido un poco exagerado… De ahí el bofetón de mi madre cuando le he gritado: “Madre, prepáreme el baño, engráseme las botas y avise a pequeño Jimmy para que ensille al caballo”, terminando mi inteligente intervención con un escupitajo al suelo. El bofetón ha resonado, eso sí, como un pistolero en pleno asalto a la diligencia. Qué dolor…
Como es lógico, esta vuelta a la realidad –forzada por el golpe autoritario de mi madre- ha hecho desvanecer mis sueños matutinos. El olor a cuero, pólvora, caballo, naturaleza salvaje y libertad… desaparecidos.
Sin embargo, como soy hombre hecho de ilusiones, me he metido en la ducha con otra ilusión: Cogía el bote de champú con fuerza mientras oía al gentío corear mi nombre. Llovía, sí, pero eso no me importaba. Mis fans, apelotonados como sardinas, esperaban apasionados a que empezara el recital. Y tras un momento de espera –en el que he aprovechado para enjabonarme la cabeza- el concierto friki ha empezado. Menudo éxito.
