- ¿Situación?
- Un bar.
- ¿Musical?
- Uno en el que puedes hablar mientras escuchas música y te tomas un gintonic.
- Mmm… Bien, expón.
- En el bar hay poca luz y se respira un buen ambiente. Los grupos de las mesas dos y tres han formado un pequeño círculo y charlan amistosamente entre cervezas. Yo me encuentro en la puerta, entreabierta. La chica de la barra me pide que la cierre porque entra el aire frío de la calle. Pido educadamente disculpas y la cierro.
- Vas bien. Prosigue.
- Encuentro a un grupo de chavales, de entre dieciocho y veinte años. Comentan algo a cerca de la camarera. Ella ve que he atendido a sus comentarios y me mira de nuevo…
- Ya es la segunda vez que lo hace.
- Sí, pero no me interrumpas, coño.
- Perdón…
- Bien, como iba diciendo, ella me mira de nuevo y la tranquilizo haciendo caso omiso de los comentarios jocosos de los chavales. “Lo que les pasa es que sueñan contigo y con poder estar algún día dos minutos junto a ti.” Ella me vuelve a sonreír. “¿Te pongo algo?” Me pregunta. “Sí, una cerveza. Gracias”.
- ¿Estaba buena?
- Tenía los ojos claros y el pelo castaño, recogido en una coleta. Era bastante agradable.
- La cerveza, hombre. La cerveza.
- Ah, sí… Era Budweiser.
- Buena marca, Americana. En fin, ¿encontraste al final lo que andabas buscando?
- Sí. – digo con un suspiro-.
- ¿Qué ocurrió?
- Me acerqué a ella. Estaba apoyada en la barra, junto al surtidor de cerveza. Le di un pequeño sorbo a mi bud y esperé a que me dijera algo.
- ¿A que te dijera… quién? ¿Ella?
- Sí, hombre. Claro que ella. ¿Quién sino?
- No se, deberías ser tú el que hablara. Pero bueno, me callo. Prosigue.
- No… es que no me dijo nada. Me miró, sonrió y volvió a sus asuntos.
- ¿Qué asuntos?
- Tenía una copa de vino con la que jugaba con los dedos. La vi pensativa y…
- Te acojonaste.
- Y dale con interrumpirme. ¿Me vas a dejar hablar?
- Te acojonaste.
- Que no me acojoné, leches.
- Te acojonaste.
- Vale, sí. Me acojoné. Me tomé la cerveza y me fui.
Tras unos segundos de silencio.
- Rajao.
- Cállate.
Otros segundo de silencio.
- ¿Qué piensas hacer?
- Volver y hablar con ella.
- Bien hecho. ¿Y qué le dirás?
- No lo sé. Ya se me ocurrirá algo.
jueves, 24 de febrero de 2011
¿qué le falta?
martes, 22 de febrero de 2011
la experiencia
- ¡Queremos un mundo libre! –Oigo que gritan.
Me encuentro entre dos aguas, en un tejado insólito en medio de un mar de planicie. Escondido. Abajo, en la calle, la tempestad de miles de gargantas arremete contra las paredes del edificio. Veo volar piedras, bengalas y pelotas de goma. Oigo el llanto de un pequeño que vacía sus lágrimas frente a la parsimonia del gentío absorto por la revolución. La misma que consigue que se caiga al suelo, dolorido por un golpe seco de alguien alocado frente a los carros de combate. El civismo ha dejado de existir. Ahora lo que hay es supervivencia. Recuerdo a mi tío, corresponsal. Tiene que estar por aquí…
- ¡Fuera de nuestra tierra! –corean. – ¡Dictador!
Los chillidos y la represión de la gente libre sacude con fuerza el arca de la templanza haciéndome tremendamente partícipe del sufrimiento. Por un momento odio al odio.
De repente me fijo entre el gentío y veo a una pareja, deambulando sin temor. Van cogidos de la mano y sonríen amablemente a todo aquél que les mira. Sin mediar palabras osadas ni insultos, se plantan en medio de la plaza, cogen sus pancartas y las sostienen con pasión. “Nuestro único señor es Dios” consigo traducir. Desde mi tejado veo como algunos murmuran temerosos al leer lo que estos dos sostienen. Otros se sientan junto a ellos. Las dos personas permanecen serias, con una profunda cara de reflexión. Están rezando.
- Son cristianos… -descubro sorprendido.
De pronto mi odio acrecentado por la violencia se disipa al ver que el amor por el prójimo puede más que las piedras. En unos minutos esos dos espontáneos son el centro de un rezo comunitario.
El ser humano es extraordinario.
lunes, 14 de febrero de 2011
14 de febrero
Y ahora te cuento:
Que remuevo las campanas de este pequeño tormento.
Que dibujo las sonrisas que proyectas con tu magia y tu bondad.
Que describo sentimientos esperando hacerlos ciertos.
Que respiro las mañanas contemplando cada día el despertar.
Que descubro en cada alba que te quiero cada día un poco más.
Que eres tú. Y yo no miento.
Que mi amor es sentimiento con matices de locura terrenal.
Que eres tú, y lo presiento.
Que sin ti yo me vacío. Soy textos empobrecidos sin verdad.
Tartamudeo
En los momentos que te veo, que te pienso o te contemplo;
En los momentos que me miras, me cautivas, y me quedo sin hablar.
Toda la fuerza de mis huesos pasa a ser de terciopelo,
Y mis latidos los compases de las notas de las que me oíste hablar.
Mientras recito los cien versos: te describen como reina y majestad.
Y mi amor se hace hielo; Se hace frágil, moldeable a voluntad.
Con las palabras que te leo, ves que es cierto mi deseo
De acudir este febrero y plantarme junto a ti en el altar.
Así que escucha las palabras que recito porque son lo que yo creo.
Son como estar frente a tu beso. Porque eres tú, porque te quiero.
jueves, 10 de febrero de 2011
algo inteligente...
Estuve pensando el otro día en escribir algo inteligente; y lo pensé, pero me salió esto:
- Sí.
- ¿El qué?
- Que sé.
- ¿Cómo?
- Tío, ¿hay que explicártelo todo?
- Perdona...
- ¿Perdona? -el nivel de gilipollez de mi amigo me sorprendió.
- ...Es algo que supera tu comprensión. ¿Quién ha escrito esta maravilla?
- El texto es el resultado del producto en potencia frente al desorden simbológico de las letras recluyéndolas a un conjunto práctico y comprensible... - Tras unos segundos de incomprensión por su parte le matizo: - Vamos, que lo he escrito yo.
- ¿En serio? -Comentó enfurruñado.
- Amigo, como decía Goethe: 'La claridad consiste en una acertada distribución de luz y de sombra. Piénsalo bien.'
- Bien, pues es una mierda de texto.
martes, 25 de enero de 2011
darle caña
Te crees que tienes, oh pequeño imbécil, la razón, toda la razón y nada más que la razón. Cuando lo que tienes -y reitero-, oh pequeño imbécil, es una indigestión mental giliprogre que te marea hasta las ideas más ocultas. ¿Cómo es posible que sientas las bases de tu criterio en ese porte? ¿Cómo es posible que veas la grandeza en cuatro guarros-sucios cuya única compañía es un perro y una flauta? ¿Cuya una única meta es mal ocupar, chupando del verde esfuerzo de la sociedad hasta la última gota de su paciencia? No tienes vergüenza. Luego quiero verte gritar reclamando justicia cuando el injusto por baboso furtivo eres tú. Luego quiero verte llorar, oh pedazo de mierda, cuando talen un árbol, pues te untaré la cara a bofetones cuando no lo hagas frente al exterminio de los no nacidos. Luego quiero ver que violes mi criterio por un puñado de putas y maricones, y por ese puñado que me taches de asesino del civismo por no compartir vuestra tontería. Luego quiero verte respirar gasolina, que se te inunden los pulmones y que se te encharquen de osadía, por vivir del cuento toda tu vida y esperar que, por ser sociopollas, la ramera del Estado te de de mamar.
¿Por qué cojones vomitas tanta mierda? Das asco.
Y tú, pequeña furcia. Que te deleitas con paseos y sonrisas, y humedeces tus labios mientras miras lo ajeno. Bebedora de sangre. Que te aprovechas exponiendo tus obras a lo más profundo de la degradación del gentil. Que te deleitas torciendo rectitudes y rompiendo compromisos. Eres el significado de aquella que ofrece su cuerpo aun pagando por ello. Eres tanto en tan poco que incluso tu nombre me provoca arcadas. Eres la ramera de la sociedad. La eterna puta en celo. La niñata caprichosa que reclama su piruleta a gritos.
paso a paso
- ¿Dónde me llevas?
- ¿Dónde quieres que te lleve? –preguntó él.
- Donde quiero aún no puedes llevarme.
- ¿Por qué?
- Porque no.
Él titubeó.
- Bien, pues vamos al segundo lugar de la lista de tus sueños.
- Tampoco es posible.
- ¿Por qué no? – Preguntó ligeramente mosqueado. –Entonces, ¿qué hacemos?
Ella suspiró.
- De momento vamos a cenar. Tú eres el chico, así que invitas.
- ¿Y qué ocurre con lo que dejamos pendiente?
- Hay tiempo.
- ¿Cuánto?
- Toda una vida. –Y le cogió la mano mientras caminaban hacia el restaurante.
jueves, 13 de enero de 2011
¿café descafeinado?
- ¿Café?
- Sí.
- ¿Solo?
- No. Corto de café y largo de leche. Mejor café de sobre descafeinado y un sobrecito de azúcar moreno. La leche que sea templada.
La camarera me mira. Durante ese segundo de incertidumbre traga, suspira y vuelve a tragar. Incomprensiblemente el hombre que tiene en frente, con chaquetea de cuero, Ray-Ban y botas, es un finolis. Su cara de sorpresa delata su desencanto y mi vergüenza se acentúa al ver que se fija en mi moto a través de la ventana.
- Un motero con café de sobre descafeinado –pienso-.
En ese momento reacciono y sonrío amablemente a la camarera, que sigue anclada frente a mí, con las manos en la cintura, posiblemente digiriendo al motero que acaba de conocer. Con sorna le digo:
- Era broma. Café solo, sin azúcar. Y una mediana.
Por un momento pienso en pedirla sin alcohol, pero desisto al ver que la cara de la mujer ha mutado en satisfacción. Efectivamente, tiene a un motero en su bar.
Me trae el café ipso facto. Le extiendo un billete de 5 euros y le ordeno que se quede el cambio. Me sonríe por segunda vez.
Miro el vaso de café, negro y asqueroso, que tengo en frente.
- Sí que es caro ser motero, joder –murmuro-.
Cojo el vaso y de un trago me lo bebo. De reojo veo que la camarera me mira orgullosa.
- Soy un hombre. –Me vuelvo a decir cogiendo la cerveza y echándole un trago tratando de olvidar el sabor del café solo-. Justo en ese momento miro a través de la ventana y oigo el indiscutible sonido de una harley davidson. Su rugido resuena en el valle llegando suavemente a mis oídos. Miro la cerveza y de un sorbo la vacío, con su correspondiente lagrimita cuando bebes algo rápido con gas. Me enfundo los guantes y me despido de la camarera con un sutil saludo militar: dos dedos en la frente y leve inclinación de cabeza.
- Eres un señor, coño. –Te dices mientras pulsas el cebador, esperas y te pones el casco. El ruido de la harley ya lo oyes en tu espalda. Te giras y ves a tu amigo, sonriente. Enciendes la moto para su sorpresa y le dices que desayunáis en otro sitio.
- ¿Por qué? –pregunta extrañado.
Te fijas de nuevo en él.
- Un motero no va con calcetines blancos, tío. -Engranas la primera marcha. -Vamos a tu casa y te cambias. Ah, y avisa a tu mujer para que nos prepare café.
- ¿No has tomado ya uno?
- Sí, pero creo que voy a vomitar.
Y te marchas con tu harley davidson regalando al mundo –y a la camarera- la eterna sinfonía de su rugido.
