lunes, 8 de enero de 2018

Ya somos cuatro


Te despiertas, te duchas y te lavas los dientes. La casa esta dramáticamente en silencio, pero loca de una ilusión propia del mayor acontecimiento de vuestra maravillosa familia: tenéis un nuevo hijo. Medio dormido te acabas de arreglar, cierras la casa y vas hacia el coche. En el viaje hacia el hospital reina un profundo silencio que sólo es interrumpido por el ronquido perezoso del coche. Al ver el hospital, a lo lejos, te invade una curiosa sensación de felicidad: te sientes en casa. Aparcas y vas caminando hacia el hospital, posiblemente sumido en un mar de pensamientos que cesan cuando entras en la habitación donde tu mujer descansa. Al verla te emocionas. “-Buenos días mi vida”. “-Hola –consigue decirte mientras lucha por abrir los ojos. -¿Qué tal está Nico?” La besas con cierto miedo ya que parece tan frágil que no la quieres romper. “-Es tan bonito…  Consigues decir. “–Eso sí, pequeñito, rosita y guapo, muy guapo.” Mientras se lo explicas ves que sus ojos brillan de un orgullo que sólo las madres pueden sentir. Le explicas que está perfecto, es pequeñito y que dormía plácidamente cuando le fuiste a ver de madrugada. Y cuando crees haber terminado, sientes que todo lo que explicas es aire porque lo que realmente quiere saber tu mujer es cuándo podrá conocerle. Llora. Lloras. Es como si parte de su alma supieras que se la han extirpado y sientes que no puedes hacer nada porque no está a tu alcance, así que sonríes cariñosamente y le acaricias el pelo, la frente, las mejillas. Le coges la mano y la besas con delicadeza. “-Pronto le verás –dices para tus adentros- porque conocerle ya le conoces.”

Vuelves a ver a tu hijo, esta vez sabiendo cómo te lo vas a encontrar. Te lavas las manos, te pones la mascarilla y la bata. Las enfermeras te sonríen tratando de transmitirte la mayor confianza del mundo mientras, lentamente, casi sin querer hacer ruido, llegas a la incubadora. “-¿Puedo abrir la cortinita?” preguntas. “-Claro” te dice la enfermera amablemente. Y como si de un secreto se tratara, asomas la cabeza mientras con las dos manos abres la cortina lo justo para poder verle. Duerme. Realmente lo que viste de madrugada es lo que ves hoy. Qué guapo es…

Las horas pasan entre la unidad de neonatología y la de reanimación. No existe nada más que estas dos salas, y los pasillos son el centro neurálgico de llamadas, puestas al día con médicos, cafés de 35 céntimos que saben a gloria y minutos donde la cabeza no deja de dar vueltas.

¿Y qué haces ahí? Ah, sí, luchar por tu familia, por lo que son tu vida. “-Ya somos cuatro” te dices mientras sales de neonatología y entras en reanimación. “-Ya somos cuatro”.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Está vivo


El sonido de los “bips” te adormece y te sientes poco a poco extinto, como en un mundo de nadie. El tiempo se ralentiza tanto que los “tac, tac” del segundero resuenan en tus oídos con ese eco propio de una película de terror. Levantas los ojos: ajetreo y silencio en medio de un mar de sonidos, y algún quejido lejano acompañado del susurro incesante de las enfermeras. Todo está caóticamente organizado, pero tú estás perdido, perturbado y mareado por dónde estás.

De repente oyes una voz que con dulzura te dice: “-Hola Papá. Soy la enfermera de tu hijo.” Tú levantas la cabeza, abatido, entreabres los ojos, sonríes tímidamente y preguntas: “-¿Cómo está?”. “-Bien, te contesta. –En un rato podrás entrar a verle.” Le agradeces el gesto, vuelves a sonreírle y te vuelves a sentar. Ya más despierto vuelves a pensar en tu mujer, en cómo estará. Piensas en que tardará en conocer a vuestro hijo al menos un día más, 24 horas de larga espera, y eso te aterra. “-Qué injusticia, murmuras.” Piensas que no deberíais estar ahí, sino que deberíais estar en casa, con tu mujer, embarazada de treinta y un semanas y vuestra hija de 3 años. Cierras los ojos un momento y sientes que te arden sutilmente. Tardas unos segundos en darte cuenta que estás llorando pero te da tiempo a enjuagarte las lágrimas antes de que la enfermera vuelva para decirte: “-Ya puedes pasar. Ya está listo”. Ella sonríe.

Te lavas las manos, aturdido, emocionado, cansado y contrariado. Te pones la bata, la mascarilla y entras. La sala de neonatos está oscura, todo el mundo te mira y te sonríe con esa sonrisa cómplice que deja entrever compasión y algo de pena, adulteradas con gotas de un cariño que te penetra el alma. Mientras caminas hacia la incubadora, miras a tu alrededor y te sorprende la cantidad de gente que hay a las 4:25 de la madrugada. De repente sientes una mano que te agarra el hombro con cariñosa firmeza, te das la vuelta y te encuentras a La Enfermera, al ángel de la guarda de tu hijo, a la chica que con vocación de heroína le está salvando la vida. Ella te acompaña los últimos metros mientras te tiembla la barbilla y luchas por controlar unos repentinos e incontrolables deseos de gritar, chillar y berrear ¡por qué!, pero de repente le ves, y los “bips”, “tics, tacs”, los susurros de las enfermeras, los pasos… incluso las miradas de todos los presentes desaparecen y se hace el silencio. “-Por Dios, pero si es un ángel.” Te dices. “-Puedes tocarle si quieres, papá” te dice la enfermera. Tímidamente abres la puertecita de la incubadora, acaricias tus dedos entre sí –puro nerviosismo- y acercas tu mano temblorosa hacia él. Le tocas la mano y la samba vuelve a tu estómago. “-Estás vivo” le susurras. Y te das cuenta que si lo que hacía cinco segundos eran ganas de chillar, ahora son ganas de agradecer. Le acaricias, le susurras que le quieres, le mimas entre tubos, sonda y catéter. Le mandas besos y lloras. Y como parte de un cuento perfecto, y justo en ese momento, sientes en tu hombro esa mano milagro que te dice todo lo que se puede decir sólo con estar apoyada en tu hombro de nuevo. Le sonríes débilmente, te enjugas las lágrimas y suspiras de nuevo.

Tu hijo está vivo.

miércoles, 21 de enero de 2015

una lección de vida

-Tío Jorge, ¿Cómo te encuentras? –Pregunto sabiendo de sobras que su respuesta será prefabricada.
- De puta madre… ¿No lo ves? –me dice sonriendo.

Me agacho para darle un abrazo y veo en sus ojos un pequeño atisbo de emoción, así que procuro seguir con la conversación para intentar liquidar el posible dramatismo que pueda florecer. Él me abraza y tras un cariñoso y largo abrazo, me incorporo conteniendo la respiración y le dedico una sonrisa.

- Estás guapo, macho. ¿Has visto la que has liado? Estamos todos aquí. Se están moviendo los cimientos del mundo porque todos quieren estar contigo. ¡Más arropado no puedes estar!

Él me mira con esos ojos enjaulados entre unas cejas pobladas y una larga barba blanca. Se queda callado, esperando algo de mí que no logro comprender. Ante este segundo de silencio vuelvo a la carga con mis comentarios –absurdos, algunos- para intentar llenar estos agoniosos momentos de silencio.

- Fíjate, ha venido Raquel que también quería verte y darte un enorme beso.

Sus profundos ojos marrones dejan de torpedearme y giran hacia donde Raquel está, quieta, emocionada. Ve en mi tío algo que le recuerda a su padre –que en paz descanse- y se le encoje el alma al apretarle la mano. Él sonríe y tira de su mano delicadamente para dedicarle un tierno abrazo.

- Cada día más guapa –le piropea. Raquel se ruboriza.

Pasan unos minutos de cálida conversación entre nosotros tres. Nos pregunta por Vera, nuestra hija pequeña, y le hablamos de lo primero que se nos pasa por la cabeza. Al cabo de un rato, ese agonioso momento de silencio vuelve a conquistar la habitación. Él está agotado. Cierra los ojos y se relaja envuelto entre chutes de morfina. Vuelvo a despertarle y le pregunto si está bien. En ese momento me vuelve a mirar de nuevo como antes, me sonríe débilmente y me dice:

- Ya lo sabes, ¿Verdad? -Yo no sé qué decir. Me hago el loco y le pregunto sobre qué está hablando, aunque sé perfectamente que el momento ha llegado, y es inevitable. – Los médicos –prosigue- me han dicho que yo… caput.

No lo puedo contener. Mi barbilla tiembla como un flan encima de una batidora. No logro comprender cómo es posible que alguien asuma con tanta tranquilidad esa ley natural. Yo caput. Qué dramáticamente claro. Qué poéticamente doloroso.
Te mueres, sí, ¿hasta en esto vas a cuidar tus palabras? Me impresiona.


- Tío Jorge –logro decir- ¿pero has visto cómo te vas? Rodeado de los tuyos que te quieren y que casi se pelean por estar a tu lado. Vienen de todas las partes del mundo –literalmente- para darte ese beso que te mereces. Hay que dar gracias a Dios por esto…

- No vayas por ahí –me dice tajantemente mientras procura cambiar de posición, como queriéndome decir que estoy siendo un bocazas. Me callo y le miro. –No vayas por ahí –repite-, que eso no me preocupa. A mí lo que me preocupa son mis hijos.
Mi puñetera barbilla vuelve a temblar descontroladamente. Trago saliva y prosigo.

- ¿Pero tú te crees que van a estar solos? ¿Cuántos Perós somos? No les va a faltar de nada, por eso no te preocupes.   

Me mira y me sonríe. En ese momento entra mi tía a escena, posiblemente para mirar de aliviar de tensión –sana y preciosa tensión- ese momento tan cargado y sembrar un poco de des dramatismo. Pero Jorge, a su ritmo, vuelve a la carga.

- No estoy preocupado por mí. Yo sé que estoy bien, y que estaré bien. Jamás me había sentido tan bien. Es como si tuviera una mano apoyada en mi hombro que me da una paz y serenidad que jamás había experimentado. 

Miro a Raquel. No gesticula. Miro a mi tía que sonríe finamente. Miro a Jorge… cierra los ojos. En su cara veo paz. Una paz que incluso me tranquiliza a mí. Esos momentos, segundos, pasan lentos. Es como si la vida me hubiera permitido saborearlos porque ahí está el Cielo. Ahora recuerdo sus palabras “no estoy preocupado por mí, sino por mis hijos”. De él nadie debe preocuparse. Comunión diaria, sonrisa diaria, en paz. No hay nada mejor. Con una simple frase me lo ha dicho todo: Pablo, sonríe, olvídate de ti y pelea por la felicidad del resto. Sé Fiel. No lo dudes. Y sobre todo, no desesperes, porque cuando uno no llega, el resto lo hace por ti.

Ahora, dos días después de su fallecimiento, procuro reconstruir fielmente esos momentos que pasé a su lado y me cuesta no verle sonreír. Me cuesta no verle dando las gracias. Me cuesta no emocionarme por haber conocido a un Jorge, y tras años de trato, haberme despedido de mi tío Jorge, aquél que en sus últimos días nos puso el Cielo en una camilla.

jueves, 15 de noviembre de 2012

el escritor 2


Tragó saliva, tosió débilmente y le devolvió como pudo la sonrisa.

El gentío seguía estupefacto la escena ya que no podía comprender cómo la belleza del campus estaba hipnotizada por un don nadie; un alguien que ni su nombre sonaba conocido y lo habían apodado como “el chico”.

Noelia descubrió su carpeta, la abrió y sacó un papel arrugado. En él unos versos marcados a corazón rezaban lo que Noelia recitó, suave y despacio; haciendo hincapié en cada coma, en cada punto. Susurrando…

            Hay veces que es imposible olvidarte.
Hay momentos en que odio quererte.
Circunstancias en las que quiero admirarte
Y otras tantas por las que quiero perderte. 

Hay penurias que las paso yo solo
Y hay problemas que no quiero explicar.
Hay latidos que los recuerdo y lloro,
Y hay recuerdos que espero no alcanzar. 

El momento es siempre uno y cierto,
Escarmiento recuerdo hoy por ti.
Y no siento la pena por mi llanto
           Pues no miento, te quiero siempre a ti.


Las palabras de Noelia resonaron poderosas entre el gentío absorto por la dulzura de su voz. Las manos le temblaban débilmente mientras sostenía la mirada hacia aquél chico, mudo, temeroso de bellas sonrisas, hacedor de versos secretos con cuyas rimas avivaba, en sus sueños, su romance.

El chico la miraba pero no era capaz de reclamar su obra puesto que en el código del buen cortés los versos no tienen otro dueño que la doncella a la que van referidos; y él, a fin de cuentas, era el chico.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

el escritor


  Sorbió un poco más de café. Aún humeaba. Cogió una bocanada de aire fresco y advirtió que su día empezaba bien. Hacía un sol radiante frente a una mañana fresca de noviembre. Los pájaros piaban enérgicamente haciendo caso omiso a los pocos grados que el mercurio marcaba. Era un buen día. Estiró de nuevo sus dedos y acarició su antigua máquina de escribir. Al tocarla volvió a sentir cómo su mundo se extinguía y nacían frente a él el campus, Noelia y el tímido estudiante aun sin nombre:


“Era ese rincón su paraíso fiscal de los sueños. En el leía, escribía y soñaba. Sus gafas de pasta oscuras a duras penas se sujetaban en su nariz respingona, menuda y redonda. Vestía una camisa de cuadros pasados de moda pero ancha y realmente cómoda. Se sentía libre, a resguardo de su realidad: No tenía amigos.

Mientras contemplaba sus notas en los márgenes de su novela de caballeros, escuchó el extraño vacío del bar. El bullicio había mutado en el silencio más rotundo con algún que otro esporádico susurro. Sin levantar la vista supo que las miradas de los más de 30 estudiantes recaían en él. ¿Por qué?

Sintió un escalofrío y notó cómo sus manos sudaban.

- Hola –dijo una suave y tierna voz.

Por un momento maldijo a aquella que le había interrumpido y le impedía profundizar en su libro, pero alzó la vista y palideció. Advirtió dos manos de porcelana, una encima de la otra, sutilmente ocultas bajo una melena rubia, ondulada y larga. Su escandalosa figura bajo una camiseta y un chaleco ajustados le dejaron boquiabierto. Jamás había tenido tan de cerca la musa de sus sueños. Dentro de su tremenda vergüenza se atrevió a alzar la vista de nuevo. Su amor secreto quedó en entredicho cuando enrojeció de golpe. Noelia aun le miraba, sonriente. Sus ojos verdes envueltos en toque de rimel brillaban frente a él, nervioso y temeroso. Estaba siendo el centro de atención por primera vez en su vida.”

martes, 2 de octubre de 2012

amor en silencio



Cogió el bolígrafo y empezó a escribir sin detenerse ni un momento. En su cabeza nacían palabras una detrás de otra, como si hubiera abierto las puertas de su imaginación, y a paladas fueran saliendo palabras que rápidamente escribía en el papel. Fue llenando sin orden alguno el folio, en silencio, siguiendo con sus ojos los trazos que el bolígrafo hacía alegremente. Cuando acabó con la primera cara, dio la vuelta al papel y empezó con el mismo entusiasmo la siguiente. No sabía por qué, pero necesitaba escribir. Sentía la necesidad imperiosa de plantarse frente a un papel, coger firmemente el bolígrafo y escribir, nada más. Finalmente, tras haber llenado tres folios por ambas caras, paró. La mano le hervía y sus dedos le temblaban. Tras ordenar delicadamente las hojas y masajearse un poco los dedos, se acomodó y empezó a leer:

“Casa, árbol, hiena, perro, trucha, locura, pez, reloj, boli, flecha, trabajo, manto, nube, cielo, armadura, tú, ella, soledad, amor, esperanza, vacío…”

Paró de leer y tiró el papel al suelo. Una sensación extraña le recorrió todo el cuerpo. ¿Qué había ocurrido? Ni siquiera se había dado cuenta de lo que escribía… ¿Vacío? ¿Pero en qué estaba pensando? Después de frotarse la cara esperando despertarse de ese mal sueño, miró al suelo y se fijó en esos papeles llenos de ideas misteriosas. ¿Valía la pena cogerlos de nuevo o debía rechazarlos y abandonarlos? El silencio llenaba todos los rincones de la habitación en la que estaba. Sentía la necesidad de leer lo que había escrito… un momento, ¿necesidad o curiosidad? Finalmente, tras permanecer frente a los papeles un buen rato, se agachó, y sin esperar a incorporarse, leyó de nuevo en voz alta:

“Esperanza, felicidad, cordura, locura, bondad, miedo, farola, coche, américa, tarta, queso –Sonrió. Le gustaba el queso-, moto, casco, trabajo, sencillo, tú, ella, soledad, amor, esperanza, vacío…”

Paró de nuevo pero esta vez arrugó los papeles antes de volverlos a lanzar al suelo. ¿Qué estaba ocurriendo? Había repetido las seis últimas palabras otra vez, y en el mismo orden, ¡y sin darse cuenta! La sensación extraña se covirtió en sudor y escalofrío. ¿Por qué aparecía ella en sus escritos? ¡Si no existía! Maldecía por habérsele ocurrido escribir esa mierda de palabras porque habían conseguido herirle de muerte… otra vez. No lo entiendo, murmuraba mientras miraba las bolas de papel. No lo entiendo. En ese momento cogió un nuevo folio, y tras elegir el bolígrafo rojo, se sentó en la silla y empezó a escribir:

“Querida tú, no sé quién eres pero me tienes tremendamente enamorado. No sé dónde estás ni si existes, pero pienso en ti todos los días. No sé si te conoceré algún día, pero no puedo y no quiero pensar que no lo haré. No sé por qué estás en mi cabeza si nunca en la vida he olido tu perfume, si nunca he escuchado tu voz, si nunca he percibido tu tacto… te pido por favor que aparezcas pronto, o que desaparezcas para siempre. Vivir con este sueño me ahoga, y no quiero echarte de menos.”

Dio un suspiro y se acomodó en su cama. De pronto se sintió aliviado. Esa sensación extraña que antes le había conquistado, se había convertido en una tranquilidad indescriptible. Sus párpados empezaron a pesarle y su cuerpo a ralentizarse. Poco a poco la habitación fue convirtiéndose en tinieblas y la suave brisa que antes percibía iba desapareciendo. Quería moverse pero no podía. Quería caminar pero no vivía. Quería, quería…

-        Buenos días, ¿cómo se encuentra?
-        Doctor, me ha parecido verle sonreír… -dijo mientras apretaba fuertemente la mano a su marido.
-        Seguro que lo ha hecho, señora… El que esté en coma no significa que no recuerde ni sienta.
-        ¿Cree usted que despertará?
-        Es lo que todos esperamos, señora. Es lo que todos esperamos.

miércoles, 27 de junio de 2012

despedida 2

Sus dedos acariciaron de nuevo el sobre esperando que las palabras floreciesen mientras sus ojos hinchados seguían mirándole. El papel, antes fresco y suave, era ahora un papel magullado. Uno de esos dedos encontró un surco en el papel y se detuvo. Las líneas eran profundas y claras. No había posibilidad de error.

Notó cómo un temblor le empezó a subir por las rodillas hasta llegar a la barbilla mientras los ojos se le inundaban en unas lágrimas que no podía excusar. Las manos, custodiando el sobre con el mensaje más claro que jamás había logrado descifrar, se iban empapando con esas lágrimas que inevitables caían feroces hacia el sobre. Sin saber por qué, se sentía esclava del momento: no podía hablar, no podía moverse, no podía hacer otra cosa que esperar a que él dijera algo… pero él no se movía. No decía nada. Estaba quieto, con su mirada clavada en esos ojos empapados. Aun y así la veía hermosa…; tanto que le cortaba la respiración. No entendía su silencio. No entendía la situación. Lo único que quería era darle la carta y desaparecer.

El momento rebosaba de un asqueroso silencio. Ella únicamente oía el latir de un corazón nervioso y exaltado… y muerto de miedo. ¡Que te quiero! Gritaba para sí atormentada por sus palabras. ¡Que te quiero más que a mi vida! Volvía a decir con la voz silenciosamente desgarrada. Dime que me quieres, aquí y ahora, por favor. Dime que me quieres… Pero él no oía nada. Únicamente la veía quieta, casi abrazando el sobre. Sentía unas ganas tremendas de abrazarla y fundirse en un beso interminable. Quería gritarle cuánto la amaba, pero no tenía voz. Soñaba con acariciarla y cuidarla, pero no tenía tacto. Quería velar por ella día y noche para evitar por siempre más lágrimas inútiles... pero sin embargo, seguía mudo frente ella mientras en su cabeza se desvanecían las letras que formaban el tan ansiado TE.

jueves, 14 de junio de 2012

despedida

-Somos amigos… -concretó escueto.

-Sí, somos amigos –consiguió decir en un hilo de voz mientras le apartaba la mirada.  ¿Por qué? ¿Por qué no le digo que le quiero? –se gritaba en silencio mientras sentía como una lágrima le surcaba su mejilla.

Frente a ella, él, expectante. Sostenía en sus manos un sobre con las últimas palabras que se había permitido dedicarle. Mientras la veía hundida en un llanto seco, con la vista puesta en el suelo inmersa en sus pensamientos, notaba como un aire helado le sacudía el corazón. –Tanto tiempo no puede tardar en decirme que me quiere –pensaba mientras acariciaba con los dedos el sobre.
En ocasiones jugaban a escribirse mensajes que luego trataban de adivinar con los surcos que el lápiz dejaba en el papel. –Mira –se dijo –he encontrado una letra. Con el índice la rodeó y la acarició siguiendo las líneas rectas. Era la letra E. Mientras se frotaba los dedos, índice contra pulgar, tratando de sensibilizarlos al máximo para adivinar la próxima, la miró de nuevo. Seguía absorta en sus pensamientos… y él volvió a los suyos. –Esto tiene que ser una U -Pensó al encontrar junto a la E un gran hueco donde la yema de su dedo encajaba a la perfección. Tras el éxito, levantó de nuevo los dedos y volvió a hacer el mismo ritual.

–Somos amigos. Se repitió. Su mirada, anclada al suelo, vaciaba la nada esperando que algo extraordinario sucediera. No sabía qué decir ni qué pensar. Únicamente sabía que no quería separarse de él. Estaban el uno frente al otro y entre ellos un largo silencio. Sentía un extraño dolor en el pecho que le impedía alzar la vista y mirar al joven que permanecía frente a ella. Y temía que al verle, se diese cuenta lo enamorada que estaba de él.

-Llora… -pensó mientras levantó el dedo del sobre rápidamente. Había encontrado una letra que no quería corroborar, porque de ser así…

El rápido movimiento de su mano hizo que ella se fijara, aun cabizbaja, en el sobre que él custodiaba. Al instante, viendo como él se acariciaba las yemas de los dedos, supo que estaba adivinando palabras. ¿Cuál estaría tratando de adivinar? Recordó las tardes en el porche de su casa y sus paseos por los bosques cercanos; los dos solos. Hablaban de las historias que leían, de las que se inventaban y de lo que creían. Opinaban sobre el bosque y soñaban con atreverse a hacer noche alguna vez. Sus vidas, sin quererlo, se habían convertido en prácticamente una, supliéndose sin esfuerzo en lo que el otro fallaba. Era tan hermoso y temía tanto que se le escapara otra lágrima, que sin pensarlo le arrancó el sobre de las manos.
-¿Qué haces? –preguntó él incrédulo.

Ella, haciendo caso omiso, lo agarró por el mismo sitio que él y tras acariciarse las yemas de los dedos, repasó el sobre. En seguida sus yemas percibieron el suave y frío tacto del papel blanco. Lentamente lo iba repasando haciendo líneas, buscando los surcos casi imperceptibles. Sabía que él no podría adivinar ninguna palabra que ella no pudiera, pues ella siempre ganaba. De pronto se paró. Su mano, de dedos espigados y piel tostada, acariciaba delicadamente el contorno de lo que había encontrado. Tras analizarlo varias veces, levantó la mano, y mientras se acariciaba los dedos, murmuró:

–Una E.

-Lo sé –Pero no sigas. Pensó Él.
Sin dejar de mirarle volvió al sobre. Notaba en él una mezcla de pánico y dolor que le intrigaba, pero dejó que sus dedos volvieran a tamborilear por el sobre hasta que encontró la preciada E, y ahí ancló su tacto. Giró levemente el dedo, siguiendo el contorno de lo que le parecía una letra hasta que al fin la yema de su índice reposó cómodamente en el valle que la U había formado.

-Ya tengo dos. –Le dijo seria.
-¿Cuál es?

-La U… Espera, que tengo otra. Esta es fácil: una Q.

-No sigas. Te lo ruego.

La súplica avivó su curiosidad por lo que había escrito y en un arrebato de agilidad repasó la línea y se estremeció.

-Ya sé lo que pone… QUIERO. –Mientras se lo decía no conseguía que su voz sonara más que un susurro. Por un momento, mientras jugueteaba con la carta, había vuelto al perfecto mundo de sus sueños donde todo esto existía sin pensarlo. Había vuelto a la vida que antes habían compartido y que tanto habían disfrutado. Se sentía completa sin tener que dar explicaciones a nadie. Se sentía querida y era una sensación que nadie podía arrebatarle. Pero tras haber descubierto la palabra, un chorro de realidad le había hecho despertar y darse cuenta que ese chico con el que tanto había compartido, al que tanto creía querer, estaba frente a ella esperando una respuesta. Pero había algo que seguía inquietándola; algo que le impedía decirle nada. Así que sin pensar por qué, volvió al sobre con una mezcla de miedo, por temor a que la palabra que la precedía no fuese la que esperaba; y necesidad, por querer que esa palabra fuese TE.

(el olvido)


Silencio… Únicamente el silencio conseguía empañar los segundos de la pegajosa soledad. Mientras permanecía inútilmente frente a una hoja en blanco, esperando estúpidamente que afloraran en su recuerdo los momentos más entrañables que había vivido junto a aquél hombre, sentía un profundo dolor en el pecho que le oprimía impidiéndole escribir una letra. Inútilmente cogía el lápiz con fuerza y se acercaba al papel esperando a que afloraran las letras; aquellas que compondrían la historia que quería escribir, pero era incapaz de escribir una letra.

Varias lágrimas habían caído en el folio en blanco que enjuagaba como podía con la manga de su chaqueta. Se veía inútil, vacío. Se sentía absurdamente querido por alguien que ya no estaba mientras intentaba escribir sus recuerdos. Todo ese esfuerzo valía la pena si conseguía evitar que el hombre del sombrero gris no sucumbiera al olvido.

domingo, 6 de mayo de 2012

vosotras


¿Qué decir? Si me pongo a escribir puede que llene cien páginas
por cada una de vosotras. Puede que incluso tenga que inventármelas...; estoy
seguro que no existen suficientes para describiros...
¿Qué decir de las cinco mujeres que cada día consiguen sorprenderme
y emocionarme? ¿Qué decir de todas y cada una de vosotras, y que no me haga
pasarme una vida tecleando? Os miro una a una y ratifico mi idea: sois el
perfecto resultado del amor de nuestros padres. Cuando Dios les bendijo y les
susurró: tendréis un bebé, siendo vosotras esa criatura,
fuisteis dos regalos a la vez: hija y reina. Así que tenéis la belleza de una
hija de mamá, y la grandeza de ser reinas de la casa.
No sé cómo lo hacéis, pero cada vez que os miro me
enorgullecéis: Cómo sonreís y cómo trabajáis. Cómo, con esa sutileza sólo
comprensible al gran ejemplo de mamá, hacéis de lo más complicado algo
sencillo.
Sois mis hermanas.

viernes, 4 de mayo de 2012

el amor al cabaret

Ella: Escuché bajo el arte de gloria,
Los compases, las historias,
Que yo un día te oculté.

Él: Y entendí, que aunque bailes siendo novia,
Las muchachas viven siempre
Dando amor al cabaret.

Ella: Es por ti que recito estos escritos
Pues yo amo lo escondido,
Y amo todo cuanto ves.

Mas entiendo que tu velo en lo prohibido
Hace ver que te he perdido
Por no ser lo que tú crees.

Él: No te culpo por ser una bailarina.
No te culpo por ser una burlesque.
Yo te culpo por traición a mi conciencia,
Por decirme que me quieres
Y ver que tu amor no es fiel.

Ella: ¿No me amas?

Él: Son mis lágrimas que caen por mis mejillas,
Las que dícenme que mientes; las que lloran, Mademoiselle.
Así pues, ya no lo hago en absoluto,
Traicionaste mis sentidos arrancándome la piel.

Ve corriendo a reunirte con tu bicho
Que es el hombre escogido
Por tus piernas, cabaret.

Ella: Me atormentan tus palabras de delirio,
Pero el baile es como un vicio
Una droga sin cuartel.

Y yo te amo, no me dejes, te lo ruego.
Mas comprende que mis noches
Son la vida que no ves.

Él: Y por ello he blindado mi conciencia.
Así pues, mi sentimiento y corazón.
No lo tendrás ahora y nunca, no te mientas.
El amor que hoy me pides es caduco por dolor.
Es por culpa de quererte en lo eterno.
Es por culpa de no verme en tu pasión.
Y resulta que luego yo no comprendo
El por qué de tu sonrisa cuando lloro por tu amor.
 
Ella: Yo no rio porque llores de tristeza,
Lo que hago es sonreír por la ilusión
De tenerte en un momento en mi vida
Ya que tus lágrimas salpican mis volantes de pasión.
 
Y me hacen que te sienta en mi suspiro,
Que te mime en lo prohibido,
Que te ame sin rencor.
 
Me provocan que tema hoy por mi vicio
Pues el baile no me besa como tú con tu fervor.
 
Él: Eres carne de los ojos de la muerte,
De amantes de la suerte
Que desean con dolor.
Y que esculpes las desgracias de los hombres
Que te aman siendo pobres
Pues les robas su pasión.
 
¿Y qué ocurre cuando alguien no te quiere?
¿Es así como conquistas tu dolor?
¿Es así como con aires de perdones,
Con anhelos, con rumores esperas que vuelva yo?
 
Ella:  …por favor…
 
Él: Me quisiste en un momento de tu vida...
Mientras que para mi vida yo te quise en un momento.
Sigue bailando.
 

jueves, 23 de febrero de 2012

qué le falta 4

- ¿Y bien?
- Leí lo que me dijo y tenías razón.
- ¿Pero hablaste con ella?
- No. No hablé con ella… Pero me caso el mes que viene.
- Lo siento, no te sigo.
- Bueno… es que no pasó exactamente lo que crees que ocurrió.
- ¿Qué quieres decir?
- ¿Situación? -Murmura esperando mi aprobación.
- De acuerdo, situación.
- Bien –dice mientras se frota las manos y se acomoda en el taburete de la barra del bar-. Voy a mi casa mientras pienso en nuestra conversación. Entro a mi habitación y abro el armario mientras pienso en las palabras de Cristina: “no puedo seguir fingiendo algo que no va a suceder”. Cojo el anillo y lo miro. Entro en la ducha y me afeito.
- ¿Te afeitas? Buena señal…
- …Me afeito y me perfumo.
- ¿Qué perfume?
- El mismo que utilicé cuando nos conocimos. La marca es lo de menos.
- Estoy de acuerdo.
- Estando ya listo -prosigue-, miro de nuevo el anillo y justo cuando abro la puerta suena el teléfono. Y a que no adivinas quién era.
- ¿Cristina?
- No, Ana.
- ¿Ana? ¿Tu ex?
- Sí, la misma. Nos pasamos cerca de una hora hablando. Ha vuelto del Congo para instalarse de nuevo en Barcelona.
- No se si quiero entender lo que pretendes decirme…
- ...Recordamos los viejos tiempos, cuando nos separamos… y
una cosa lleva a la otra, ya sabes.
- Joder, ¿me estás diciendo que estás con Ana?
- Sí.
- ¡Pero si ayer llorabas por Cristina!
- Bueno, la gente cambia. Cristina no quería estar conmigo, así que…
- Capullo, Cristina quería casarse contigo. Lo que no quería era perder el tiempo esperando a que te decidieras.
- Pues ya he decidido. Me caso con Ana.
- ¡Pero si no sabes nada de ella!
- Sí. Sé que es alta, rubia y dentista.
- ¿Se viste con esas faldas de tubo y tacones?
- Esa información no te la voy a dar.
- Mierda… bueno, ¿y cuándo la vas a presentar?
- Esta tarde.
- Tengo que hablar con mi camarera.

martes, 25 de octubre de 2011

dichosos mensajes

Te suena el despertador, ganduleas. Tras varios intentos, consigues levantar tu pesado y agotado cuerpo y te metes en la ducha. Te sientes incómodo, demasiado pesado… notas como el chorro golpea tu piel demasiado dormida, y te extrañas… Vale, piensas. Apagas el agua, sales de la ducha y te quitas el pijama, empapado. Te vuelves a meter en la ducha y ahora sí, agachas la cabeza y dejas que el agua golpee constante en tu nuca. Apagas la ducha, te secas y te cambias. Tras haberte arreglado miras inconsciente al móvil. No hay mensajes.

La mañana es húmeda y fría. Hoy es un puro día de otoño con la resaca de la lluvia de la noche anterior. Todo empapado; huele a octubre.

Te tomas un café mientras miras otra vez el móvil. Nada, ni un mensaje. Recuerdas la conversación que tuviste ayer antes de irte a dormir y sonríes mientras pruebas de sorber un poco del café. Está hirviendo. De pronto, y sin saber por qué, coges el móvil, y tecleas algo que te hace sonreír por segunda vez. Envías y te vuelves a guardar el móvil en el bolsillo. Te bebes de un sorbo el café y maldices. La euforia te ha hecho olvidarte que está hirviendo. Coges las llaves de casa y sales respirando ese aire fresco en dirección al tren para ir a trabajar. Que pases un buen día.


Le suena el despertador y murmura: un minuto más, pero se incorpora de inmediato. Coge el móvil y lee la conversación que tuvisteis ayer: sonríe mientras la recuerda. Mientras se dirige a la ducha, va cantando su canción, como si le contara un secreto a la mañana. Se mete en la ducha. Al salir de la ducha vuelve a mirar el teléfono: sí, espera tu mensaje pero no hay nada. Baja ya lista a la cocina y se prepara un té con tostadas mientras organiza el día que tiene hoy: ir a trabajar, a la biblioteca, a devolver el libro y a liquidar otros dos recados pendientes. Por la tarde, a última hora, se propone salir a correr.

Le suena el móvil y rápidamente lo coge. Le han venido a buscar. Obviamente se esperaba que fuese otra persona: tú. Pero nada, sigues bajo el agua y aún no te has dado cuenta que llevas el pijama puesto.

¿Qué tal? Le pregunta su amiga.

Muy bien, ¿y tú?

De martes, hija. Pero hoy hará buen día.

Llegan al trabajo y se preparan para la mañana, ella pensando en ti. De pronto, le suena el móvil: Un mensaje: Tengo ganas de verte. Lo lee tres veces. Llama a su amiga y se lo enseña. Está coladito, le dice. Guarda el móvil y se pone a trabajar. Le has hecho que su mañana sea feliz.


Llegas al trabajo y miras el móvil. No hay mensajes. Sigues trabajando mientras ojeas de vez en cuando el teléfono, pero nada. Vas al almacén, repasas unos pedidos. Vuelves a la oficina y revisas el móvil. Nada. Subes a contabilidad y te echan bronca porque no les cuadra una factura. No atiendes porque estás pensando en el móvil: Ahora seguro que me ha escrito, piensas. Terminan de echarte la bronca y bajas a revisarlo. Nada. Tu mañana pasa entre el móvil y tus quehaceres… Menuda mierda, piensas.

El próximo día, llámala.

jueves, 29 de septiembre de 2011

octubre

Huele a buen tiempo...

lunes, 14 de marzo de 2011

qué le falta 3

Entro y cierro la puerta. La miro y me sonríe como siempre: dulce.
- Hola – leo en sus labios mientras se apoya sobre la barra y me besa. – ¿Cómo te ha ido el día?
- Muy bien, aunque ahora va mucho mejor. – Le cojo de la mano. Veo que se ruboriza y me dedica una cálida sonrisa envuelta en cierta timidez. Su larga melena se descuelga de su oreja ocultando parte de su cara. Me sigue sonriendo mientras me mira. Ojos verdes y pelo castaño. Junto a sus labios un pequeño hoyuelo que aparece en cada sonrisa. Me pregunto cómo es posible que no me haya fijado en ella antes. En ese momento de ternura veo a un personaje que está sentado frente al surtidor de cerveza.
- Lleva una hora aquí y no ha pedido nada más que un vino blanco. – Me comenta al ver que la miro intrigado.
Me levanto y me dirijo hacia él. Me extraña verle juguetear con una copa de vino vacía.
- Veo que tienes todo lo que necesitabas. – Me dice antes de que diga algo.
- Sí. Ya te lo dije… - le digo mirando a Miriam.
- Me ha dejado.
Se me congela la mente y me quedo parado. Al cabo de unos segundos reacciono.
- Madre mía… por qué. – Pregunto.
- Por qué no; sino por quién…
- Vamos a ver. Paso a paso. Situación.
- Entro en casa y me encuentro tres mensajes en el contestador. Enciendo la luz del salón y escucho los mensajes mientras cuelgo la chaqueta. El primero de mi madre, para que le devuelva las zapatillas de mi padre, que el hombre va descalzo por casa. El segundo de tu madre.
- ¿Mi madre?
- Sí, ya lo sabrás el martes que viene.
- El martes que viene es mi cumpleaños… - Murmuro. - ¿Y el tercero?
- Y el tercero, el suyo.
- ¿Y qué te dice? – pregunto intrigado.
- Que siente decírmelo por teléfono, pero que no ha encontrado el momento oportuno. Que lo siente, de nuevo, y que no puede seguir fingiendo algo que no va a ocurrir. Y cuelga.
- Entiendo.
- ¿Cómo que entiendes? ¿El qué entiendes?
- Cásate con ella.
- Me ha dejado, tío. No me jodas.
- Ve a tu casa, coge el anillo que desde hace 3 meses llevas en la chaqueta y preséntate ante ella.
- No servirá. – Me dice entre lágrimas. - Me ha dejado y no volveré a verla nunca más. Ha desaparecido de mi vida. Se ha desvanecido…
- ¿La quieres? – le interrumpo.
- Sí.
- Pues ya tardas.
Me mira.
- ¿Y qué le digo?
- Tú sabrás. El que la conquistó fuiste tú.
- Pero ahora es distinto.
- ¿Por qué?
- Porque me ha dicho que no me quiere.
- Eso no te lo ha dicho.
- Claro que sí.
- No.
- Hoy el pesao eres tú. Te estoy diciendo que sí…
- Y dale. Tú a lo tuyo. Mira arriba, relee lo que te ha dicho y me comentas.
Mientras lee, miro a Miriam. Me hechiza verla servir cervezas en silencio.

martes, 1 de marzo de 2011

qué le falta 2

- ¿Y bien?
- Bueno…
- ¿Por qué? ¿No ibas a…?
- Sí, iba. Pero…
- Cuéntame, vamos a ver. No adelantes acontecimientos. Situación.
- Entraba de nuevo en el bar. Llovía. Cerré inmediatamente la puerta y la camarera me vio. Tras quitarme el abrigo y sentarme junto a la barra, alcé la vista y me sorprendió con una bud.
- ¿Se la habías pedido?
- Por supuesto que no.
- Entiendo. Sigue.
- …Supongo que fue por el gesto de haber cerrado rápidamente la puerta… Bueno, sigo. Cerré la puerta y agradecí a la camarera, Miriam, la bud. Le extendí cinco euros.
- ¿Te sentaste donde ayer?
- Sí. Y la chica seguía ahí, en el mismo sitio. Vestía -si puede- más guapa que ayer, y sus dedos seguían con la armoniosa danza junto a su copa de vino. No se si es porque me tenía hechizado, pero la vi radiante.
- ¿Se oían campanitas?
- Radiante no equivale a campanitas… pero sí a maripositas.
- Estás de broma, ¿verdad?
- Escucha y calla. No empieces como ayer… ¿por dónde iba?
- Por las mariposas.
- Ah, sí. De repente vi llorar a Miriam.
- ¿Cómo? Pero tú a quién mirabas, ¿a Miriam o a la chica de la copa de vino que estaba radiante?
- No era un lloro exagerado –prosigo sin hacer caso- sino que vergonzoso. Parecía que la gobernara la impotencia. Le pregunté si le podía ayudar en algo…
- Vale, mirabas a Miriam. ¿Y qué te dijo?
- En ese momento sonaba Le Onde, de Ludovico Einaudi.
- ¿Y qué tiene que ver eso?
- Escucha. Se acercó a mi y me susurró: “esta canción me recuerda a ti”.
- ¡La madre que la parió! ¿No te acojonaste?
- No.
- ¿Y qué hiciste?
- Le pregunté por qué y ella me lo explicó.
- ¿Y no te acojonaste?
- Te estás repitiendo, y te he dicho que no. ¿Cómo me voy a acojonar por algo así? Nos pasamos la tarde hablando. No recordaba haberme reído tanto en mi vida.
- ¿Y la chica de la copa de vino y bla, bla, bla…? ¿Qué?
- ¡Ah!, de repente apareció el novio y se reconciliaron. Resulta que van a casarse dentro de poco y habían tenido la típica discusión pre-boda.
- Y la chica se va a un local de gintonics a despejarse la cabeza… Sí, típico. ¿Por cierto, y tú cómo sabes que se casan?
- Se sentaron con nosotros.
- ¿Pero Miriam no trabajaba?
- No, ayer fue su día libre. Fue al local por si aparecía yo…
- O sea, recapitulemos. Vas a un local a ver a la chica por la que llevas rayándome varios días y al final acabas con la camarera... Miriam. Resulta que la chica del vino se va a casar y, después de haberse reconciliado con su novio, os pasáis la tarde hablando los cuatro. Ahora sólo hace falta que me digas que os han invitado a la boda…
- Pues así es. El mes que viene.
- Eres el tío más raro que he conocido en mi vida.

jueves, 24 de febrero de 2011

¿qué le falta?

- ¿Situación?
- Un bar.
- ¿Musical?
- Uno en el que puedes hablar mientras escuchas música y te tomas un gintonic.
- Mmm… Bien, expón.
- En el bar hay poca luz y se respira un buen ambiente. Los grupos de las mesas dos y tres han formado un pequeño círculo y charlan amistosamente entre cervezas. Yo me encuentro en la puerta, entreabierta. La chica de la barra me pide que la cierre porque entra el aire frío de la calle. Pido educadamente disculpas y la cierro.
- Vas bien. Prosigue.
- Encuentro a un grupo de chavales, de entre dieciocho y veinte años. Comentan algo a cerca de la camarera. Ella ve que he atendido a sus comentarios y me mira de nuevo…
- Ya es la segunda vez que lo hace.
- Sí, pero no me interrumpas, coño.
- Perdón…
- Bien, como iba diciendo, ella me mira de nuevo y la tranquilizo haciendo caso omiso de los comentarios jocosos de los chavales. “Lo que les pasa es que sueñan contigo y con poder estar algún día dos minutos junto a ti.” Ella me vuelve a sonreír. “¿Te pongo algo?” Me pregunta. “Sí, una cerveza. Gracias”.
- ¿Estaba buena?
- Tenía los ojos claros y el pelo castaño, recogido en una coleta. Era bastante agradable.
- La cerveza, hombre. La cerveza.
- Ah, sí… Era Budweiser.
- Buena marca, Americana. En fin, ¿encontraste al final lo que andabas buscando?
- Sí. – digo con un suspiro-.
- ¿Qué ocurrió?
- Me acerqué a ella. Estaba apoyada en la barra, junto al surtidor de cerveza. Le di un pequeño sorbo a mi bud y esperé a que me dijera algo.
- ¿A que te dijera… quién? ¿Ella?
- Sí, hombre. Claro que ella. ¿Quién sino?
- No se, deberías ser tú el que hablara. Pero bueno, me callo. Prosigue.
- No… es que no me dijo nada. Me miró, sonrió y volvió a sus asuntos.
- ¿Qué asuntos?
- Tenía una copa de vino con la que jugaba con los dedos. La vi pensativa y…
- Te acojonaste.
- Y dale con interrumpirme. ¿Me vas a dejar hablar?
- Te acojonaste.
- Que no me acojoné, leches.
- Te acojonaste.
- Vale, sí. Me acojoné. Me tomé la cerveza y me fui.
Tras unos segundos de silencio.
- Rajao.
- Cállate.
Otros segundo de silencio.
- ¿Qué piensas hacer?
- Volver y hablar con ella.
- Bien hecho. ¿Y qué le dirás?
- No lo sé. Ya se me ocurrirá algo.

martes, 22 de febrero de 2011

la experiencia

- ¡Queremos un mundo libre! –Oigo que gritan.

Me encuentro entre dos aguas, en un tejado insólito en medio de un mar de planicie. Escondido. Abajo, en la calle, la tempestad de miles de gargantas arremete contra las paredes del edificio. Veo volar piedras, bengalas y pelotas de goma. Oigo el llanto de un pequeño que vacía sus lágrimas frente a la parsimonia del gentío absorto por la revolución. La misma que consigue que se caiga al suelo, dolorido por un golpe seco de alguien alocado frente a los carros de combate. El civismo ha dejado de existir. Ahora lo que hay es supervivencia. Recuerdo a mi tío, corresponsal. Tiene que estar por aquí…

- ¡Fuera de nuestra tierra! –corean. – ¡Dictador!

Los chillidos y la represión de la gente libre sacude con fuerza el arca de la templanza haciéndome tremendamente partícipe del sufrimiento. Por un momento odio al odio.

De repente me fijo entre el gentío y veo a una pareja, deambulando sin temor. Van cogidos de la mano y sonríen amablemente a todo aquél que les mira. Sin mediar palabras osadas ni insultos, se plantan en medio de la plaza, cogen sus pancartas y las sostienen con pasión. “Nuestro único señor es Dios” consigo traducir. Desde mi tejado veo como algunos murmuran temerosos al leer lo que estos dos sostienen. Otros se sientan junto a ellos. Las dos personas permanecen serias, con una profunda cara de reflexión. Están rezando.

- Son cristianos… -descubro sorprendido.

De pronto mi odio acrecentado por la violencia se disipa al ver que el amor por el prójimo puede más que las piedras. En unos minutos esos dos espontáneos son el centro de un rezo comunitario.

El ser humano es extraordinario.

lunes, 14 de febrero de 2011

14 de febrero

Y ahora te cuento:
Que remuevo las campanas de este pequeño tormento.
Que dibujo las sonrisas que proyectas con tu magia y tu bondad.
Que describo sentimientos esperando hacerlos ciertos.
Que respiro las mañanas contemplando cada día el despertar.
Que descubro en cada alba que te quiero cada día un poco más.
Que eres tú. Y yo no miento.
Que mi amor es sentimiento con matices de locura terrenal.
Que eres tú, y lo presiento.
Que sin ti yo me vacío. Soy textos empobrecidos sin verdad.

Tartamudeo
En los momentos que te veo, que te pienso o te contemplo;
En los momentos que me miras, me cautivas, y me quedo sin hablar.
Toda la fuerza de mis huesos pasa a ser de terciopelo,
Y mis latidos los compases de las notas de las que me oíste hablar.
Mientras recito los cien versos: te describen como reina y majestad.
Y mi amor se hace hielo; Se hace frágil, moldeable a voluntad.
Con las palabras que te leo, ves que es cierto mi deseo
De acudir este febrero y plantarme junto a ti en el altar.
Así que escucha las palabras que recito porque son lo que yo creo.
Son como estar frente a tu beso. Porque eres tú, porque te quiero.

jueves, 10 de febrero de 2011

algo inteligente...

Estuve pensando el otro día en escribir algo inteligente; y lo pensé, pero me salió esto:

- ¿Sabes?

- Sí.

- ¿El qué?

- Que sé.

- ¿Cómo?

- Tío, ¿hay que explicártelo todo?

- Perdona...

Lo leí y lo releí hasta que me cansé de buscar por qué había escrito esta soberana chorrada, así que le pregunté a un amigo si entendía algo de lo escrito. Su respuesta, para mi sorpresa, fue la siguiente:

- Son textos psicosomáticos donde se pretende comprender el inicio de la causalidad y el producto de la razón frente a lo inexplicable, volviéndolo explicable.

- ¿Perdona? -el nivel de gilipollez de mi amigo me sorprendió.

- ...Es algo que supera tu comprensión. ¿Quién ha escrito esta maravilla?

- El texto es el resultado del producto en potencia frente al desorden simbológico de las letras recluyéndolas a un conjunto práctico y comprensible... - Tras unos segundos de incomprensión por su parte le matizo: - Vamos, que lo he escrito yo.

- ¿En serio? -Comentó enfurruñado.

- Amigo, como decía Goethe: 'La claridad consiste en una acertada distribución de luz y de sombra. Piénsalo bien.'

- Bien, pues es una mierda de texto.